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lunes, 8 de junio de 2015

Capitulo 08. Final

Dicen que cuando los almendros florecen la primavera llega con ellos, dicen que es cuando los salmones consiguen llegar a la desembocadura del río y los osos pardos se dan el festín del año a costa de los agotados peces.
Dicen que sólo es en esa época cuando la nieve abandona Nevesmortas en una tregua y permite que los campos y los huertos ofrezcan sus cultivos a los cansados labradores y agricultores.

Dicen que es en esa estación cuando se ven las siete estrellas de Selune… eso dicen… yo nunca las he visto.

Dicen que si plantas semillas de amapola en una tumba cuando el frío es más duro, en primavera florecen las más hermosas y extrañas flores… eso dicen… y quise creerlo, pero la primavera casi estaba acabando y mis semillas no asomaban por el cementerio.
Ni si quiera podía darle algo así…


Habían pasado seis meses desde la batalla de Sundabar y ni un sólo día había faltado en ir a visitar aquella tumba. En casa no se hablaba del tema… nunca. Las pocas veces que se había hecho había salido corriendo y había tardado casi un día entero en regresar, de modo que  su nombre había dejado de escucharse entre nuestras paredes. Ni siquiera me había acostumbrado a la falta del ruido, sus pasos subiendo las escaleras, su risa recorriendo los pasillos… Tälasoth había vaciado el piso dónde Dardo había pasado los años y había llorado con amargura al vaciar el armario con su ropa. El olor aún impregnaba cada prenda y sin duda aquello golpeaba con fuerza el corazón ya roto.

Lo único que pude salvar fue un guante de cuero negro que enfundé en mi mano izquierda y que, por vergonzoso que suene, estuve oliendo durante semanas hasta que mi propio olor borró el suyo. El dardo plateado seguía guardado en mi bolsillo, y cada tarde que iba al cementerio lo sacaba y le daba vueltecitas entre los dedos mientras estaba allí, sentada frente a aquella tumba sin emitir el más leve sonido.
Mi madre acudió una noche, el tiempo parecía eterno y a veces se me iba el santo al cielo. Neru sonrió con cariño pero evitó mirar la lápida mientras me ayudaba a levantarme.
   - No puedes estar viniendo el resto de tu vida…
   - Vendré el tiempo que quiera venir.
   - Araya… no todos sufrimos la pérdida de igual manera… Tu padre sufre en silencio y por desgracia ya son muchos los amigos que hemos perdido… Dardo era un gran hombre pero…
   - Lo sigue siendo… - no era ya ninguna sorpresa oírme hablar de él en presente, como si siguiese entre nosotros. Me costaba horrores hablar de él en pasado, me costaba horrores aceptar que no estaba.
   - Cariño, tienes que volver al mundo real y empezar a aceptar que… - salí corriendo de nuevo hasta salir del cementerio. Escuché a Neru llamarme pero no quise frenar… no podía. Escuchar aquellas palabras haría real lo peor que me había pasado en la vida, y yo seguía creyendo firmemente que si no se hablaba de ello, si nadie lo decía en voz alta, no habría pasado.

Pero sí lo había hecho, y en el fondo de mi ser sabía que Neru tenía razón, quizá por eso no salí corriendo la noche que entré en mi cuarto y se sentó en la cama.
   - ¿Sabes? Yo conocí a tu padre en un pueblecito pequeño de Thezyr, Musgolito. Allí tienen un enclave druídico realmente hermosos y cientos de aventureros atraviesan sus puertas cada día. Pero yo no nací allí, no – sonrió y se retiró el pelo colocándolo tras la oreja – Mi hogar estaba mucho más lejos, en Cormyr. Cuando mi padre murió sentí el dolor instalarse en mi corazón y aferrarse con tanta fuerza que dos años después aún no se había ido. En esa época yo era una adolescente pero mi madre tuvo la fe en mí suficiente como para encomendarme un viaje – la miré extrañada a la par que curiosa –. Mi padre había nacido en Sundallessalar, la ciudad elfica más hermosa que podía existir, sus hogares están construidos en los árboles y es extremadamente complicado encontrarla, pues los elfos somos muy recelosos de nuestra arte – me sonrió con cariño mientras me incorporaba, mirándola atenta.
   - ¿Más hermosa que La Marca? – ella sonrió con una belleza exquisita.
   - Mi amor, La Marca Argéntea es bastante… pobre en hermosura – sonreí, sus ojos debían haber visto tantas cosas que no me extrañaba que dijese esas cosas –. Verás, cuando mi madre comprendió que permanecer en Cormyr no me hacía feliz, me ofreció una alternativa. La única forma que tenía de estar en paz conmigo misma y asimilar las locuras y desgracias que había sufrido, era viajar hasta los orígenes de mi padre, viajar a Sundallessalar. El viaje me haría madurar y visitar la tierra de mi padre, ver los lugares en los que se crió, los sitios dónde estuvo, me ayudaría a encontrar la paz que había perdido – me tocó el pecho, a la altura del corazón.
   - ¿Qué intentas decirme?
   - Que creo, mi princesa, que ha llegado el momento de que dejes este hogar, pues tu pena es tan grande y tan profunda que no encontrarás consuelo aquí – agaché la cabeza y me saqué de la manga del pijama el pequeño dardo plateado – Dardo y tu padre nacieron y crecieron en la tierra de Amn, en la ciudad de la moneda.
   - ¿La ciudad de la moneda?
   - Así es, Azkathla.
   - Pero yo no puedo irme… tengo mucho que entrenar.
   - Dardo aprendió allí todo lo que te enseñó – me estremecí al escuchar su nombre – y creo que estará encantado de ver, donde sea que esté, que has encontrado tu camino en el mismo lugar donde lo encontró él.


Hablamos durante horas sobre todas las posibilidades, pero al final decidí que tenía razón. Nada me ataba a Nevesmortas a parte de mis padres, pero todo me recordaba a él, absolutamente todo… y esa tan doloroso…
Lo peor fue conseguir la bendición de mi padre, pensé que se interpondría y se negaría en rotundo, pero se limitó a abrazarme y besarme la frente.
   - El camino que te espera es peligroso – me dijo la mañana que me marché –. Amn no es precisamente el mejor reino que puedas encontrar, aunque tampoco el más horrible. Ten cuidado y manda mensajes siempre que puedas. Cuando llegues, ves al distrito portuario, cerca de los muelles del oeste hay una pequeña casa, espero que siga allí – me sonrió –. Comiénzalo todo desde allí.







Seis meses tardé en llegar a la ciudad de la moneda, seis meses de viajes a caballo, de una única travesía en barco que me provocó cuatro días de mareos, de caminatas interminables, de historias en posadas y meditaciones interminables. Sobretodo de meditaciones interminables.
Seis meses hasta que atravesé los portones de la inmensa Azkathla y caminé por sus calles hasta llegar a aquella pequeña puerta a la que mi padre me había indicado. Una puerta que seguía allí, custodiando una casa ahora vacía. Una puerta que antaño fue abierta y cerrada infinidad de veces por aquel que me lo había dado todo.
Sonreí tocando aquel picaporte y, tras un año de la pérdida de Dardo, sentí de nuevo el pequeño dardo vibrar en mi bolsillo. Lo tomé entre mis manos y sonreí.

De alguna manera que no lograba entender, la herida se había empezado a cerrar y supe, en aquel instante extraño en el que sentí de nuevo la conexión con mi maestro, que allí, en ese preciso momento, comenzaba mi verdadero viaje.


¿Que quién soy yo?
Soy el arma en la batalla, soy la tempestad en el fulgor, soy el fuego de la guerra y el filo de la victoria. Soy la luchadora constante, la herida en la noche, el golpe de gracia, la sangre de mis aliados, de mis enemigos… de los combatientes.
¿Qué quién soy? Me llamo Araya T’haril, aprendiz de Kensái y canalizadora del ki.


Esta, es mi historia.




Y en la oscuridad de la noche, de aquella noche cuando mis dedos habían rozado aquel picaporte, lejos, muy lejos hacia el norte, en un reino llamado Marca Argentea, en una aldea de granjeros y agricultores llamada Nevesmortas, una pequeña amapola surgió de la tierra frente a una lápida. Una amapola que no se marchitaría nunca y permanecería allí por los siglos de los siglos, hasta que los dioses lo deseasen.

lunes, 25 de mayo de 2015

Capitulo 07. Tumba.

La luna iluminaba el cementerio mientras la lluvia caía copiosa sobre la tierra, la arenilla, la hierba y mi cuerpo. Habían pasado dos días desde que se había celebrado aquel funeral tan triste. Los que acudieron, jóvenes y ancianos, permanecieron en silencio mientras el clérigo de Khelembor pronunciaba la liturgia habitual. Muchos lloraron abiertamente, sólo unos pocos lo hicimos en silencio.

Cuando el sacerdote concluyó sus palabras algunos se acercaron al atril a expresar lo que sentían, hablaron de las aventuras vividas, de sus esperanzas, de sus sueños… hablaron de tantos dioses  y de tantas bendiciones que ni si quiera soy capaz de recordarlos…

Al atardecer el último de ellos había hablado, y todos y cada uno se acercaron al foso y lanzaron un poco de tierra sobre el ataúd marronáceo… todos menos yo, yo no pude.
Dos días después aún seguía allí de pie, frente a una fosa ahora cubierta, con la rosa amarilla en mi mano, una rosa que no había sido capaz de lanzar en su interior.
Dos días después aún permanecía inmóvil frente aquella lápida gris y triste. Las lágrimas habían caído por mis mejillas, precipitándose hacia el vacío hasta caer en un golpe silencioso contra el suelo, había llorado en silencio sin apartar los ojos de aquel montículo de tierra. “Vete a casa” me había dicho el sacerdote la noche del funeral, cuando vio que aún seguía allí tras tantas horas del velatorio, pero no le había hecho el menor caso. Se había quedado a mi lado hablando de la espiritualidad, del amor de los dioses y de la buena acogida que seguro había tenido en lo más alto, pero creo que desistió al ver que ni le miraba y acabó por marcharse bien entrada la madrugada.

Me sentía vacía, era increíble con qué rapidez podía vaciarse un alma, sólo habían hecho falta un par de palabras…

Mi estómago rugía protestando, mi alma y mi corazón estaban rotos pero él estaba hambriento y no iba a cesar en su intento de que me llevase algo de alimento a la boca. Dos días sin comer… qué poco sentido tenía la comida en ese momento.
No pensaba en comer, no pensaba en nada, tan sólo miraba el lugar dónde le habían enterrado, algunos granos de tierra se movían a veces por culpa del viento, desplazándose por la ladera que habían formado los sepultureros al tapar el cruel agujero.

Muchos habían muerto en la batalla de Sundabar, a algunos los habían nombrado hombres de honor, a otros les habían ascendido… no entendía de qué servía otorgar a alguien algo así una vez muerto… Muchas eran las familias que habían perdido a un ser querido… algunas a varios… y por mucho que lo intentaba no sentía ni la más mínima empatía por ellos. Mi dolor era mío, y aunque fuese cruel y egoísta, no me importaba el del resto.

La noche del segundo día, mientras la lluvia me empapaba por completo, mi carne se ponía de gallina y el estómago protestaba una vez más esperanzado, apareció Neru. Me cogió de la mano y se quedó a mi lado varias horas, sin decir nada. El calor de su piel fue reconfortante aunque no alivió ni un ápice la tristeza en mi interior. Sabía que ella también sufría, pero no tenía fuerzas para consolarla.
Pasó su brazo por mi hombro y me apretó contra ella mientras mirábamos la lápida.
   - Cariño… hace frio esta noche, mira tu piel, todo tu cuerpo está protestando – su tono era tan dulce, tan lleno de amor y pena… quizá eso fue lo que me hizo reaccionar.
Giré levemente la cabeza y la miré, sus ojos estaban enrojecidos e hinchados, pero sonrió en un esfuerzo maternal. Tenía razón, hacía frio. La ropa se me había pegado al cuerpo y el frío del agua se calaba hasta los huesos.
   - Mi vida, entiendo por qué estás aquí… pero debes entrar en calor y comer algo – sabía que estaba en lo cierto y, en el fondo de mi ser, sabía que allí de pie no iba a hacer nada. No le traería de vuelta… pero era casi imposible marcharse – Araya, te necesito en casa, te necesito a mi lado - Volví a mirarla y esta vez vi la súplica en sus ojos, unos ojos tristes como los míos, reflejo de un corazón igual de roto que el mío - Tu padre te necesita a su lado…

Asentí en un sutil movimiento apartando la mirada de ella. Obligué al cuerpo a moverse y me acerqué al montículo dejando con la mano temblorosa la rosa amarilla que había llevado dos días atrás, algo marchita ya. Cuando la flor tocó la tierra las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos en un recorrido nuevamente silencioso.
Mi madre me cogió la mano y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, le di la espalda a la tumba mientras lloraba a cada paso e intentaba, todo lo estoica que podía, no derrumbarme aún más.

En la oscuridad de la noche aquella lápida se quedó sola y en silencio. Una lápida que visité cada noche durante los seis meses siguientes. Una lápida que rezaba el nombre de un hombre al que yo jamás volvería a ver, a escuchar o a sentir…


Dardo T’haril.

lunes, 18 de mayo de 2015

Capitulo 06. Sundabar.

   - ¡Replegaos maldita sea! ¡Replegaos y defended las murallas!
   - ¡Señor! Nos llegan informes de que han rodeado la ciudad e intentan entrar por la puerta sur.
   - ¡¿Y qué demonios haces aquí?! ¡Llévate a todos los que puedas y defended con vuestra vida esas puertas!
   - Señor… todos nuestros hombres están ahí fuera…

Cuando aquellos soldados miraron al exterior la imagen fue desoladora. Cientos de orcos luchaban con fiereza contra los hombres de armas de Sundabar y aquellos que habían acudido a su llamada. Los clanes se habían unido en un asedio sin precedentes y, salvo los altos cargos, nadie sabía el motivo. Los enemigos lanzaban piedras a los arqueros y las murallas, lanzaban sus armas contra los guardianes de las puertas e incluso contra sus propios compañeros en un frenesí de sangre descontrolado. Los cuerpos empezaban a amontonarse en las laderas de la montaña donde se alzaba, iluminada por la luz del amanecer, la eterna Sundabar.
   - Si derriban la puerta sur no habrá escapatoria.
   - Si nos lo permitís, general – ambos hombres se giraron al escuchar aquellas palabras. Tras ellos, un grupo de elfos enfundados en túnicas coloridas con bastones llameantes de luces mágicas los miraban eufóricos.
   - Habéis venido… gracias a los Dioses…
  - Los Dioses también han permitido este asedio, así que no les deis tanto las gracias – Dardo desenfundó dos de sus estoques - ¿A quién hay que cortarle la cabeza?
   - La puerta sur, por favor, debeis ir allí. Todos mis hombres y aquellos que acudieron tras nuestras cartas están defendiendo el Norte, pero el Sur está prácticamente abandonado. Tan sólo un par de patrullas que no creo que puedan contener mucho las hordas enemigas.
   - Entonces al Sur – todos y cada uno de los magos fueron desapareciendo ante los ojos del general, mientras los gritos de rabia y dolor volvían a embriagar su corazón.

Tälasoth cogió a Dardo por el hombro y desapareció con él. Sólo fue un segundo, pero Dardo sintió cómo su cuerpo se desvanecía y dejaba de tener consciencia de él justo antes de volver a aparecer al otro lado de las puertas del sur.
Ni siquiera hubo tiempo de pensar en lo sucedido o en lo experimentado, un orco se lanzó contra ellos con un grito desgarrador y tremendamente intimidatorio. Tälasoth dudó, pero el elfo maestro en armas se agachó quedando justo bajo el vientre del orco cuando este realizó su ataque fallido, y aprovechó el impulso del inmenso enemigo para levantarlo, lanzarlo por encima suya y dejarlo caer de espaldas. Y con la misma elegancia propia únicamente de los elfos hizo un giro  y clavó ambos estoques en el pecho del orco.
   - Veo que los años no hacen mella en ti.
   - Lo que ves es el entrenamiento y la determinación. Si dudas morirás hoy hermano.

Los ojos de Dardo brillaban con aquella intensidad de la que sólo los suyos eran capaz, aquel elfo era mucho más que un guerrero, era un maestro. No dudaba, no vacilaba, no le temblaba el puso… ni siquiera se paraba a pensar su próximo movimiento. Su acciones eran un baile más que entrenado y tan asimilado como el respirar de cada día, nada podía con él. Simplemente era invencible.

Pero Tälasoth era un hechicero, el mejor de la escuela dónde enseñaba, y el mejor que había luchado al lado de su hermano. Ël lo sabía, por eso su rostro también cambió. La sonrisa de satisfacción inundó su cara y caminó con arrogante lentitud hacia un grupo de orcos que estaban destrozando a los pobres aprendices que habían salido a defender los portones. Caminó mientras elevaba los brazos en forma de cruz y susurraba palabras que sólo los grandes arcanos conocían, y cuando la última sílaba fue exhalada, de sus manos surgieron decenas de esferas luminosas que se precipitaron mortales contra los orcos.
Los aprendices que habían sobrevivido le miraron estupefactos, pero Tälasoth ni siquiera les prestó atención.

La batalla fue larga, tremendamente larga y encarnizada. La sangre manchaba los cuerpos de los caídos y de los que seguían luchando, el rojo carmesí teñía le espesa hierba mientras los pocos orcos que quedaban en pie luchaban ahora por sobrevivir. Los arcanos destrozaban sus barreras con leves pestañeos, los arqueros acribillaban a flechas a los combatientes más grandes, y entre todo el caos la figura de un elfo se veía de vez en cuando realizando movimientos casi imposibles, cercenando miembros y acabando con rapidez con la vida de sus enemigos.

Quizá por todo ese caos nadie la vio. Quizá por todo el frenesí, por la emoción de ver que vencían, nadie se dio cuenta de su presencia. Pero allí estaba, caminando entre los que luchaban, golpeando al que se ponía en medio, con la vista fija en aquel que creía más peligroso, con la vista fija en el hechicero que más daño hacía a los suyos. Con la vista fija en Tälasoth.
Y con su misma arrogancia caminó hacia él, con la misma arrogancia alzó la mano y rugió con fuerza. Dardo fue el único que sintió aquel rugido diferente, sintió una punzada en su interior y la energía interna acumularse en sus manos. Se giró y observó atónito a aquel orco hembra, observó cómo su mano comenzaba a brillar y el estallido fue tan fuerte que los que estaba cerca de ella cayeron al suelo.

Dardo sólo reaccionó, puro instinto o pura casualidad, nunca lo supo, pero corrió hacia su hermano mientras gritaba su nombre intentando avisarle del peligro. Tälasoth dio la vuelta y vio la luz blanquecina.
   - ¡¡¡Tälasoth!!!!







De pronto dejé de respirar, abrí los ojos y me incorporé con tanta fuerza que perdí todo conocimiento de dónde estaba. Luché por aspirar algo de aire, sólo el poco que me permitiese seguir viviendo, pero nada. Agarré mi pecho y caí de la cama en un golpe seco, golpeándome la cabeza. Entonces tosí, y tras el tosido aspiré una fuerte bocanada de aire.
El dolor en el pecho era horrible, espantoso, como si mi corazón se hubiese despedazado en un instante y lo que quedaba se estuviese retorciendo de forma macabra y sádica.
Grité, grité intentando sacar el dolor fuera… pero el dolor no desapareció. Neru entró en mi habitación alarmada y me llamó asustada al verme en el suelo.
   - ¡¡Araya!! ¡¿Araya qué te pasa?! - sentí sus manos sujetarme y sus palabras llenas de amor intentando ayudar de alguna manera. Pero nada servía.


Aquel dolor, aquel fue el mayor dolor que sentí en toda mi vida.

martes, 5 de mayo de 2015

Capitulo 05. La Carta.

Pasó un año hasta que volvimos a escuchar la tenue risa de Dardo en casa. A diferencia de los años anteriores a su llegada, cuando mi padre y él se separaron y este no volvió a saber nada de él hasta el día que le conocí, Dardo sí fue mandando mensajeros con cartas sencillas que indicaban su paradero.

Por lo general escribía siempre a Tälasoth, pero en alguna ocasión el mensajero traía dos cartas. La primera que recibí empezaba con un cariñoso “¡Sé que no estás practicando!”, me hizo sonreír porque era verdad, descuidé un poco mi entrenamiento cuando se marchó, pero a raíz de esa carta me puse de nuevo enseguida con mis obligaciones.

La segunda carta que recibí me hablaba de los caminos tan extraños que estaba recorriendo, de las gentes que estaba conociendo e incluso de algún antiguo camarada con el que, milagrosamente, se había reencontrado.
Sus cartas no eran muy largas pero siempre me hablaban con cariño y en una de ellas incluso me confesó que me añoraba. Cuando leí aquellas palabras sentí mi corazón estremecerse.
   “En mi camino diario encuentro fuertes guerreros que vanaglorian sus hazañas en peleas callejeras, que alardean de batallas ganadas de forma sucia y deshonorable, y no puedo evitar pensar en lo afortunado que soy por tener una pupila tan pura y decente. Les miro y es ahí cuando me doy cuenta de lo que mucho que añoro tus ojos azules y la hermosa sonrisa que se ha adueñado de tu rostro”

Mis sentimientos por Dardo era complejos y desconcertantes, y a medida que pasaban los años se hacían más desconcertantes aún.


La noche que Dardo regresó, aguanté de nuevo las inmensas ganas de abrazarle, me quedé de pie junto a las escaleras y le dediqué una sonrisa.  Él me guiñó un ojo y abrazó con fuerza a mi padre.
Aquella fue la primera noche que dormí del tirón desde que se marchó.

Los días, las dekhanas, los meses fueron pasando, tantos y tan largos que en un abrir y cerrar de ojos cumplía los veinte sin que apenas nadie se hubiese dado cuenta. Mis viajes con Dardo se habían incrementado, le acompañaba en recorridos cortos siempre en la búsqueda del mejor aprendizaje, o de lecciones de fe.
Dardo era incondicional de la guerra. Absolutamente todo lo envolvía en el credo de la batalla, el honor y la estrategia. Me enseñó a mostrar respeto por mis enemigos y a no juzgar a ninguno de ellos por su apariencia, me enseñó a no ser impulsiva y a pensar con la cabeza mis movimientos, me enseñó a disfrutar en un combate cuerpo a cuerpo y a eliminar el miedo en mi interior… y a todas esas lecciones debíamos sumarles las de la meditación y la búsqueda del equilibrio interior. No existía el día en que no tuviéramos algo que hacer.

Creo que fue la suma de todo aquello lo que hizo que mi corazón se volviese loco. ¿Le amaba? Ni yo lo sabía, era un sentimiento tan extraño… Cuando le miraba, sonreía contenta por tenerle a mi lado. Cuando era él el que me miraba, al final me perdía en esos ojos azules tan hermosos. Cuando me tocaba, sentía cómo la fuerza recorría el lugar dónde sus dedos me habían rozado.
Se lo conté a mi madre, necesitaba exteriorizarlo de alguna manera y, en realidad, su tenue risa le quitó toda la importancia que podía tener.
   - No es amor eso que describes – me dijo – sino admiración. Dardo te está dando aquello que te completa en la vida, te empuja y te guía por un mundo desconocido, te enseña y te muestra el verdadero significado de lo que te rodea. Cuando le miras, no le ves como un hombre al que entregarías tu más preciada posesión, sino como aquel que te ha abierto los ojos y te ha mostrado la verdad.
   - Entonces, ¿por qué siento estas ganas de abrazarle o me estremezco cuando se marcha y tarda un tiempo en regresar?
   - Cariño, porque cuando alguien te importa, cuando creas un lazo fuerte con otra persona, te preocupas. ¿Crees que tu padre y yo no sentimos eso por ti? Cada vez que te has ido con él mi corazón ha estado en tensión constante hasta que habéis regresado.

Aquella conversación me ayudó más de lo que creí. No volví a estar tensa ni a sonrojarme cuando se me acercaba. Empecé a mirarle sonriendo y las veces que se daba cuenta se sorprendía y siempre me respondía con un “¿…Qué?" Yo reía y me metía con él.
Fue el mejor año desde que le conocí.


Pero entonces llegó aquella carta y lo cambió todo.


Los orcos había atacado las puertas de Sundabar, una de las ciudades del reino, relativamente cerca a nuestro hogar. Los grupos de batidores se habían adentrado en los bosques y habían encontrado campamentos y campamentos, cientos de orcos, decenas de clanes distintos que se habían unido con un único propósito.
La noche que mi padre regresó a casa de la escuela con aquella carta, ninguno dormimos. El consejo de Sundabar había enviado mensajeros a todas las poblaciones cercanas pidiendo ayuda. Los profesores de la escuela se preparaban para el viaje a través de un portal que crearían y mi padre vino a despedirse.
   - Ignoro lo que nos encontraremos allí y cuánto tiempo estaré fuera. Debéis ser fuertes y estar unidos, no tiene pinta de que vaya a ser un malentendido desafortunado…
   - Mi amor, déjame ir contigo…
   - No Neru, necesito que te quedes y cuides de Araya… necesito que estés a salvo…
   - Entonces no hay tiempo que perder, debemos partir de inmediato – Dardo se colgó las armas y mi padre le dedicó una mirada severa.
   - El mensaje era para los arcanos, Dardo.
   - El mensaje era para todo valiente que pueda y quiera enfrentarse a esas criaturas. Seré el mejor guerrero que tengan en esa maldita ciudad y se sentirán afortunados cuando me vean.
   - ¡Entonces yo también iré! – me levanté de la silla y fui hacia mi arma, pero Dardo fue tan rápido como acostumbraba y detuvo mi mano antes de que rozase la empuñadura.
   - No – su voz sonó tan tajante, tan severa… nunca pensé que una simple palabra pudiese frenarme como lo hizo.
   - Dardo, los arcanos no te dejarán entrar en la escuela.
   - ¿Y para qué diablos tengo un hermano entre ellos? Si al final no servirás para nada – él reía, pero en sus ojos había visto la preocupación – Si no me dejáis ir con vosotros soy perfectamente capaz de llegar a Sundabar caminando.
   - Está bien, está bien, pero calla ya de una vez – mi padre se giró y besó a mi madre con tanta pasión y con tanta intimidad que me dio vergüenza mirar.

Dardo salió de la casa y se puso a hacer estiramientos. Yo le seguí, me sentía incómoda mientras mis padres seguían besándose y se susurraban cosas que di gracias de no poder escuchar. Le miré y por primera vez no supe qué decirle. Él se acercó y me abrazó.
   - Perdóname, a veces olvido que ya no eres una chiquilla – dudé unos instantes pero al final le apreté con fuerza contra mí.
   - Podría ir contigo…
   - Podrías… pero si vienes me quitarás toda la diversión, niña – se separó un poco y me sonrió con dulzura, se quedó mirándome y respiró hondo mientras me acariciaba el rostro – Yo también necesito que estés a salvo, Araya… Confía en mí, y en tu padre… y por todos los dioses, ¡no llores! – sonrió de nuevo mientras limpiaba la lágrima que caía por mi mejilla.
   - No hagas ninguna estupidez, tienes mucha tendencia a hacerlas… eres lo más importante que tengo… ¡y si no vuelves te odiaré por toda la eternidad! – él sonrió como nunca lo había hecho, fue una sonrisa plena, pude ver en sus ojos cómo mis palabras le habían llegado hondo. Me besó en la frente y me abrazó de nuevo.
   - Tú también eres lo más importante, niña – se separó, chocó su frente contra la mía y me soltó –. Pero he de admitir que tu odio eterno sería algo digno de ver.
   - Dardo ¿estás listo ya?
   - Hermano, yo nací listo. Eres tú el lento, me han salido canas de esperarte.


Mi padre y mi maestro se alejaron en la oscuridad de la noche hacia la escuela de magia. Mi madre me apretó con fuerza la mano mientras los miraba alejarse, y yo me pregunté, al mirarla, si debería sentir el mismo miedo que veía reflejado en sus ojos.

martes, 28 de abril de 2015

Capitulo 04. Maestro

   - Cierra los ojos y respira hondo, así, muy bien. Respira pausadamente escuchando lo que te rodea. Escucha mi voz, escucha los pájaros, escucha el agua del río fluir con la corriente, las copas de los árboles mientras el viento los mece, las hojas secas ya en el suelo arremolinándose. Escucha todo eso e intenta sentirlo. Siente cómo mi voz se introduce en tu mente, siente la fuerza de los pájaros cada vez que baten sus alas, siente la energía del agua que avanza sin enemigo alguno, el espíritu de los árboles y la determinación del viento, siente la ligereza de esas hojas que se mueven en silencio, como si nadie las estuviese observando.

Abrí levemente un ojo y le miré. Estaba a mi lado sentado con una cara de concentración absoluta, con los ojos cerrados y las piernas cruzadas. Sí, escuchaba el río y los árboles mecerse, escuchaba a los pájaros pero no por el batir de sus alas sino por los constantes graznidos que emitían… ¿pero las hojas? Me giré buscándolas en algún punto y no las vi. Cuando devolví la mirada a mi arma, incrustada en la tierra frente a mí, sentí los ojos azules de Dardo clavarse en mi rostro.

   - ¿Esta es tu forma de sentir todas las cosa que te digo? Intento enseñarte…
   - Si, si, y yo quiero aprender, de verdad… ¿pero hojas? – volví a buscarlas con la mirada - ¿Dónde demonios hay hojas? – él se inclinó sobre mí y me dio un golpecito con el dedo en la frente.
   - Aquí dentro. Si no puedes hacer uso de la imaginación ¿para qué diablos tienes cabeza? Tu energía interior no está hecha únicamente para que sientas lo que te rodea, sino también para que sientas todo lo que podría existir. La energía es infinita Araya, es pura y fluye por todas partes. Fluye por ti, fluye por mí, por nuestras armas, por nuestra ropa, por lo que nos rodea, pero también fluye más allá del río, fluye en las ciudades más lejanas, en los guerreros caídos, los que caen en este instante y los que salen victoriosos. Fluye en la sangre de la guerra, en la fuerza de la amistad y en lo profundo del amor. Tienes que aprender a sentirlo todo, porque cuando lo hagas será tanto el poder que puedas controlar, que te convertirás en el guerrero más temido y respetado de los tiempos.
   - ¿Todo eso tengo que sentir? – sonrió con cariño.
   - Ahora parece mucho, pero es como caminar, al principio cuesta, pero una vez aprendes ya no piensas lo que debes hacer, simplemente lo haces.
   - ¿Entonces una vez lo aprenda lo haré sin más?
   - Bueno, es una forma de decirlo. Vamos, entremos en casa, se ha hecho tarde.

Asentí y recogí el arma que me había regalado hacía unas lunas, por mi decimoquinto cumpleaños, una espada bastarda con la empuñadura en cuero negro. Me alegré mucho al recibir el regalo y lo cuidaba con cariño y esmero.
Dardo preparaba un viaje a Amn, sus pasos lo llevarían durante bastante tiempo a Puerta de Baldurs, una gran ciudad en Costa de la Espada. Según él yo aún no estaba preparada para acompañarlo, pero me prometió que en su próximo viaje me llevaría.
Dardo hablaba mucho de Amn. Sobre todo de Athkatla. Tälasoth y él había nacido y crecido allí, en el distrito portuario. En aquella tierra habían comenzado sus aventuras, sus trapicheos, sus locuras, sus guerras, sus amores y desamores. Hablaba mucho de la gente, de las estructuras y de los bosques. Me contó que estuvieron fuera casi dos años que se le hicieron interminables, pues adoraba aquella región. Viajaron a Thezhir buscando nuevos retos o nuevos contactos, y allí conocieron a Neru. Mis padres se enamoraron en seguida y entonces muchas cosas cambiaron. Cuando regresaron a Athkatla las aventuras dejaron de ser tan alocadas, las luchas a muerte se convirtieron en retiradas cautelosas, el polvo y la suciedad se convirtió en paseos bajo la luna y besos entre arbustos. Sin duda, al principio Dardo había encontrado en Neru una enfermedad, pero con el tiempo, y nuevos compañeros de armas, se fue acostumbrando.
“Si alguna vez te enamoras – me dijo una noche – no cambies nunca. No dejes de ser quien eres, no sueltes tu arma ni dejes de acudir a batallas por miedo a perder aquello que amas, pues ese es nuestro mayor enemigo”

Él había amado una vez, la guerra y la sangre se la habían arrebatado, pero las pocas veces que hablaba sobre aquella mujer sus ojos brillaban con intensidad, recordando cada movimiento suyo en la batalla. La perdió, pero supo que ella había caído con honor y supo que no habría ninguna otra muerte que ella desease más.


Dardo se marchó tres días después. El sol se alzaba en el punto más alto y aún así nevaba ligeramente. Allí siempre hacía frío pero el cariño de mi maestro amenizaba hasta la peor de las tormentas. Quise correr hacia él y abrazarle, quise decirle que tuviese cuidado y que volviese pronto, que no se olvidase de mí, pero me quedé allí de pie, estoica, consciente de que aquella despedida era una prueba más de mi fuerza interior, dando vueltecitas entre los dedos a aquel dardo plateado que me había dado años atrás, mordiéndome el labio mientras su figura se difuminaba entre el blanco de la nieve y el silencio y aquellas palabras volvían a resonar en mi cabeza, haciéndome sonreír.



“No llores…”

lunes, 20 de abril de 2015

Capitulo 03. Elección.

   - Mamá – le dije a Neru mientras me arropaba - ¿Se quedará Dardo con nosotros? – ella me besó en la frente y me tapó hasta los hombros.
   - Mi ángel, los caminos de un viajero son tantos y tan cambiantes…
   - Pero a mí me gusta – sonreí y saqué el pequeño dardo plateado –, me dio esto.

Neru sonrió con cierta nostalgia mirando el dardo, yo no lo sabía entonces, pero aquel pequeño objeto tenía mucho más significado del que pensaba. Volvió a besarme en la frente y me retiró algunos mechones de la cara antes de apagar la luz y salir de mi habitación.
Pobre inocente elfa si realmente pensaba que iba a quedarme allí tumbada. En el momento en que escuché sus pasos bajar por la escalerilla, me levanté y caminé a hurtadillas hasta que pude escucharles. Al principio la voz de mi padre era una mezcla de añoranza y reproche, luego fue serenándose hasta incluso quedar apagada.
   - Podrías haber escrito o… mandar un mensajero… algo.
   - Lo sé, y creeme que lo siento, pero no he tenido unos años sencillos.
   - ¿Y tampoco un segundo para escribir a tu familia?
   - Ni siquiera sabía dónde estabas, Tälasoth.
   - Creí que habías muerto… ambos lo creímos. Te enterramos, te lloramos…
   - Siempre fuiste muy precipitado – Dardo rió un poco y su risa contagió a mi padre.
   - Sí, supongo que sí.

El olor a té de hierbabuena inundó el ambiente y los halagos por la casa o la comida hicieron desaparecer mi interés. Me dediqué a darle vueltecitas al pequeño dardo, mirándolo detenidamente mientras el brillo iluminaba mis ojos.
    - ¿Cómo entonces supiste que estábamos aquí?
   - Oh, no lo sabía, pero tenéis una hija muy curiosa – sonrió –. He de admitir que cuando pronunció nuestro apellido me sentí emocionado a la par que confuso.
   - ¿Confuso?
   - Si, bueno, no es un apellido que haya escuchado en otro lugar, así que era poco probable que fuera otra familia pero… Araya es humana  - aquello devolvió mi interés por la conversación.
   - Si, es cierto. Deseábamos un hijo pero los dioses deben habernos maldito por el pasado y, por mucho que lo intentamos nunca pudimos concebir. Araya fue un regalo, quizá por las súplicas o quizá sólo un capricho del destino. Neru la encontró en un canastro a la deriva de un pequeño río a las afueras, se fue a pescar y regresó con una hija. Avisamos a la guardia y pusimos algunos carteles, pero nadie la reclamó. Cuando nos dijeron que la mandarían a un horfanato…
   - Os la quedasteis sin más.
   - Cuanta frialdad pueden albergar aún tus palabras, Dardo T’haril – sin duda a mi madre le dolió la forma en que Dardo lo había dicho, casi como un reproche.
   - No es frialdad, mi querida Neru, sino una realidad. ¿Qué sucederá cuando la niña crezca y empiece a hacer preguntas?
   - Araya sabe todo cuanto hay que saber, nunca quisimos engañarla y en el primer instante en que preguntó se le contó la verdad. Es lista, muy lista, enseguida notó las diferencias físicas que nos separan.
   - Si, es lista… y atrevida, y  tiene un brillo en los ojos que he visto ya en otra parte.
   - ¿Qué quieres decir?
   - ¿No os habéis fijado? Es un brillo especial, un fugaz destello en sus ojos casi imperceptible por el azul tan intenso que los adorna. Podría llegar a ser increíble…
   - Ni lo sueñes.
   - ¿Por qué?
   - Esa clase de años fueron dejados atrás hace mucho, Dardo.
   - No puedes darle la espalda al pasado como si nunca hubiese ocurrido, hicimos cosas de las que no me siento orgulloso, Tälasoth, pero también hicimos grandes cosas, grandes aventuras, grandes encuentros, grandes batallas…
   - Tú tuviste grandes batallas, guerras interminables de las que jamás querías salir, tú y tu dichoso clero siempre en el centro de todo enfrentamiento mientras blandías tus armas con ese brillo del que hablas. ¿Pero qué hicimos nosotros?
   - Te vi luchar ferozmente contra tantos enemigos que no sería capaz de enumerarlos, os vi, a ambos, pelear con uñas y dientes, con armas o sin ellas, con todo lo que hubiese a vuestro alcance.
   - Eran otros tiempos, Dardo…
   - Sin embargo no has colgado tu túnica.
   - Ahora soy maestro en la escuela de la región y Neru colgó el arco hace muchos años.
   - ¿De verdad? – escuché el sonido de un silla arrastrarse y me asomé un poco por la barandilla hasta verlos. Dardo le había cogido las manos a Neru mientras ella intentaba en vano zafarse – Estas manos no son de alguien que ha destensado su más preciado objeto.
   - Suéltame…
   - Los callos, los rasguños… ¿qué le dices?¿Que te cortas cocinando?
 - Basta hermano, ya no somos niños, ya no corremos por las laderas persiguiendo trolls o salvaguardando a los desfavoridos.
   - Yo sí. Y sólo tengo sesenta años menos que tú.
   - Tälasoth… - mi madre se sentó y suspiró largamente – la verdad es que yo añoro esos tiempos…
   - Neru…
   - Sentía un poder increíble y cuando las gentes me miraban podía ver en sus ojos la admiración o el respeto. Aquí nadie nos conoce  y para ser peor muchas mujeres me llaman “La mujer del  hechicero”… es horrible – sonrió levemente –. Hace unas horas hablábamos del futuro de Araya. Tú  deseas que sea una gran arcana pero lo cierto es que a tu hija le aburre la magia, sin embargo… la he visto blandir una espada de madera y no imaginas la sonrisa en su rostro. Creo que nuestra hija fantasea con las mismas batallas que nosotros libramos hace tantos años. Ella tiene elección, Tälasoth, y por mucho que me moleste decirlo quizá Dardo tenga razón… yo sí he visto ese brillo en sus ojos. Al principio pensé en el reflejo de alguna luz, pero empecé a verlo más a menudo –miró a Dardo – es el mismo brillo que tienen los tuyos, pero más tenue, más…
   - Desentrenado – el silencio volvió a adueñarse de la habitación durante unos segundos.
   - ¿Qué propones?
   - Dejadme enseñarla.
   - Quieres que te entregue a nuestra hija para que la conviertas en….ti?
   - Más o menos, sí – les dedicó su más sincera sonrisa –. Aunque no tienes porque entregármela, así dicho hasta a mí me suena mal. Podría quedarme yo. He visto que hay algunas casas sin ocupar por la aldea y podría ser el momento de echar algunas raíces.
   - ¿Porqué no dejamos que Araya decida?

Mi padre suspiró y meneó la cabeza varias veces. Tanto Neru como Dardo permanecieron en silencio todo el tiempo que Tälasoth estuvo pensativo, sin duda buscando en su interior la respuesta adecuada. Yo cada vez estaba más nerviosa y estuve a punto de gritarle que se decidiese de una vez. Al final vi cómo sus hombros se encogían y alzaba la voz.
   - Araya, cariño, baja de las escaleras – di un respingo y me quedé petrificada en el sitio mientras mi padre se giraba con tranquilidad y me miraba –. Baja, no importa.

Bajé las escaleras muerta de la vergüenza mientras Dardo reía con suavidad. Se levantó de la silla y se acercó, acuclillándose a mi lado. Me quitó el dardo y lo giró entre los dedos con una elegancia y una destreza sorprendente.
   - ¡Es mío! – se lo quité haciéndole sonreír.
   - Araya, ¿recuerdas la noche del cobertizo?
  - ¡¿Qué noche del cobertizo?!- Tälasoth se levantó sorprendido y Dardo alzó un dedo en su dirección haciéndole callar. Nunca había visto a nadie silenciar de esa forma a mi padre.
   - ¿Araya? – asentí –. ¿Recuerdas a la mujer? – Asentí de nuevo - ¿Y la espada que cogiste? – Sentí a mi padre estremecerse y asentí nuevamente con algo de miedo –. Tranquila, no debes tener miedo. ¿Recuerdas lo que sentiste?
   - Mmmm… me picaban los dedos – sonreí y contagié la sonrisa a Dardo.
   - ¿Y qué más?
   - No sé… era como cuando tienes hambre que sientes una cosa rara en la tripa y, luego me picaba el brazo y se me puso la carne de gallina.
   - Y gristaste, ¿te acuerdas? – asentí.
   - Mmmm… pero no sé por qué, me sentía pesada y cuando grité se pasó. ¿Por qué? ¿He hecho algo malo?
   - No princesa, para nada. Lo que sentiste fue tu espíritu interior – me tocó el pecho con un dedo – la fuerza que yace en lo más profundo y escondido de tu cuerpo. Muy pocos saben de su existencia y muy pocos aprenden a controlarla.
   - ¿Para qué?
   - Para ser mejores guerreros. Dime Araya, ¿quieres eso tú? – sonreí asombrada y miré a mi padre.
   - ¿Ya no tengo que estudiar magia? – Tälasoth me dedicó una leve sonrisa derrotada.
   - Puedes hacer lo que quieras, cariño.
   - Dime entonces, ¿quieres que te enseñe?
   - ¿Y podré luchar contra dragones? ¿Liberar ciudades o encontrar tesoros? – Dardó rió.
   - Quizá con el tiempo, pero tendrás que entrenar mucho y tendrás que hacerme caso, sobretodo eso – Levantó frente a mí el dardo plateado, lo miré asombrada pues ni me había dado cuenta de cuándo me lo había vuelto a quitar –. ¿Qué me dices,  pequeña?

Asentí emocionada mientras cogía con cuidado el pequeño dardo, lo tomé con fuerza y decisión y miré al hombre que había cambiado mi vida.

Sólo entonces vi aquel brillo en sus ojos azules, un brillo cautivador que me hizo saber que Dardo era mucho más que un simple guerrero.

martes, 14 de abril de 2015

Capitulo 02. Visita

   - ¡¿Te has vuelto completamente loca?! ¡¿Tienes la más remota idea de lo que nos has hecho pasar a tu madre y a mí?! ¡¿Crees que puedes ir correteando por las afueras como si fueras un adulto?! ¡Silcweanil laail Araya!

Mal… sabía de sobra que cuando Tälasoth maldecía en élfico era porque estaba realmente enfadado. La vena de su frente palpitaba al son del fuego de sus ojos y no dejaba de llevarse las manos a la cabeza, realmente consternado. Mi madre adoptiva estaba sentada al otro lado de la mesa con las manos entrelazadas sobre ella, el pelo rubio le caía sobre los hombros y sus ojos negros miraban serenos a su esposo, a punto, seguramente, de explotar de ira.
Él siguió maldiciendo en su lengua natal durante unos segundos más y, aunque todavía no había aprendido el idioma, por la expresión de mi madre elfa deduje que no decía cosas agradables.
Yo tan sólo me limité a agachar la cabeza y sacar el pequeño dardo plateado que había conseguido hacía una dekhana, dándole vueltecitas entre los dedos bajo la mesa recordando lo que me había dicho aquel misterioso hombre.
“No llores”

Dijo que vendría a buscarme, pero habían pasado ya diez días y no había vuelto a saber de él y aquella noche me había vuelto a escabullir y había corrido hacia el cobertizo. Si se había marchado, si había jugado con los sentimientos de una simple niña, quería verlo con mis propios ojos. Cuando puse la mano sobre la puerta y la empujé, la luz de la luna iluminó su interior vacío. Sentí las lágrimas inundar mis ojos pero pude controlarme, apreté el pequeño dardo entre mis insignificantes manos y corrí por el viejo camino alejándome aún más de la ciudad, más allá de las granjas y los cobertizos. Le llamé varias veces pero no hubo respuesta a mi súplica y me sentí traicionada. Me hice una bola abrazando mis rodillas y me quedé allí quieta, bajo un árbol, luchando por no romper a llorar.
Casi amanecía cuando un anciano mercante me encontró, Nevesmortas no era famosa por ser grande, de algún modo todos nos conocíamos, así que el viejo Nargul me reconoció al instante, me cogió de la mano y me sonrió con cariño. “Ven princesa, te llevaré a casa”

Al principio, Tälasoth me había abrazado con tanta fuerza que pensé que me rompería en mil pedazos, luego Neru me bañó y me dejó dormir largas horas. Pero ahora, sentada en aquella mesa, lo único que ahogaba el rugir de mis tripas eran los gritos de mi padre.
   - ¿Tienes algo que decir, señorita?
   - Amor, relájate un poco.
   - ¡No me pidas que me relaje Neru! Tú mejor que nadie sabes los peligros que hay ahí fuera.
   - Lo sé, pero la niña está bien, está a salvo.
   - ¡¿A salvo?! ¡¿Con una impulsividad como esa cómo diantes va a estar a salvo?! ¡Tiem anewela cela weelaa! ¡¿En qué pensabas?! ¡¿Dónde fuiste?! – se hizo un largo silencio y deduje que esta vez sí debía hablar.
   - A las granjas…
   - A las… a las granjas… estupendo… si, perfecto…
   - Tälasoth…
   - No, tu hija se va de aventuras por las granjas, es maravilloso, ¡Silmileleccelae! ¿Quieres una hoz? ¿Quieres un huerto? Porque quizá yo estoy aquí perdiendo el tiempo intentando que estudies y aprendas algo importante en la vida y tú sólo quieres ser una vulgar granjera!
   - La magia me aburre…

Si mi pequeña incursión a las afueras no había derrumbado a mi padre, aquellas palabras sí lo hicieron. Seguramente, decirle a un gran hechicero que la magia era aburrida no era lo más acertado.
   - ¡Esto es el colmo! ¡¿Qué te aburre?! ¡¿Si ni siquiera tienes la capacidad de mantenerte sentada cinco minutos cómo demonios vas a saber si te aburre o no?!
   - Tälasoth, sólo tiene seis años…
   - ¡¿Sólo?! ¡¿Sólo?! ¿Tienes idea de lo que son seis años humanos?! ¡¿Crees que vivirá cien años acaso?! ¡No puede quedarse ahí sentada sin hacer nada!
   - ¿Acaso tú en tu niñez sabias lo que deseabas?
   - ¡Yo fui un innato, no tuve elección!
   - Exacto. No tuviste elección Tälasoth, pero ella sí la tiene.

“Toc, toc, toc”

Los tres desviamos la mirada hacia la puerta, el ambiente se calmó al instante y ví cómo la vena de mi padre se iba deshinchando a cada paso que daba hacia la puerta de entrada. Aproveché el momento para bajar de la silla y dar un paso hacia las escaleras que subían a mi habitación, pero Tälasoth se giró y me señaló con el dedo a la par que abría la puerta.
   - Ni se te ocurra jovencita, no he terminado contigo – se giró para ver al que había llegado sin dejar de hablar –, no creas que puedes….
El silencio fue tan repentino, tan confuso. Sentí el corazón de mi padre detenerse durante un segundo mientras mi madre ahogaba un grito llevándose las manos a la boca, los dos estaban tan sorprendidos de la visita que fui incapaz de irme a hurtadillas. Miré a mi madre y vi cómo las lágrimas afloraban en sus ojos mientras mi padre seguía allí, petrificado, sin pronunciar una sola palabras. Me subí sobre la silla y apoyé las manos en la mesa para inclinarme y poder ver al recién llegado.
   - Dardo… - su nombre pronunciado por mi padre me dejó atónita y, a pesar de que no entendía nada, sonreí al verle de nuevo.
   - Hola… hermano…

Mi padre le abrazó con tanta fuerza, con tanto cariño como me había abrazado a mí la noche anterior, cuando me llevaron a casa. Jamás había visto a mi padre un impulso así con otra persona que no fuéramos mi madre o yo, nunca le había visto abrazar a nadie, y sin embargo allí estaba, apretando tan fuerte a Dardo entre sus brazos que los escasos músculos se le marcaban y percibí sus hombros contraerse en un llanto ahogado.
Dardo le correspondió en el abrazo y me dedicó un guiño.

Quizá el mundo se detuvo en ese momento, porque ni siquiera yo recuerdo cuánto tiempo estuvieron abrazados.

viernes, 10 de abril de 2015

Capitulo 01. Encuentro

Araya, hija de la guerra.


¿Que quién soy yo? Jé…
Soy el arma en la batalla, soy la tempestad en el fulgor, soy el fuego de la guerra y el filo de la victoria. Soy la luchadora constante, la herida en la noche, el golpe de gracia, la sangre de mis aliados, de mis enemigos… de los combatientes.
¿Qué quién soy? Me llamo Araya T’haril, humana de pura cepa, aprendiz de Kensái y canalizadora del Ki.
Esta, es mi historia. Pero no es una historia cualquiera. Podría haberla sido si tan sólo hablase de mí, pero para conocerme os debo hablar también de él…

Yo tendría unos seis años la noche que le conocí. Mi hogar estaba cerca de las puertas de Nevesmortas, hermosa aldea de Marca Argentea, reino del frío y los secretos. Mi padre adoptivo, un elfo de ya entrada edad y quizá uno de los hechiceros más reconocidos en ese momento, no cesó en su empeño ni un solo día de mostrarme los entresijos de la urdimbre, me traía cada día un libro nuevo de la biblioteca mostrándome así su percepción del mundo. Claro que aquellos libros siempre terminaban en la misma esquina amontonados, no es que yo no supiese apreciar la magia, era, simplemente, que me aburría.
La noche de mi sexto cumpleaños me escabullí más allá de los muros de la aldea. En mi aburrimiento diario me dedicaba a buscar juegos propios imaginando invasiones de hordas de orcos, trasgos asustando a gallinas indefensas o el ataque de un enorme dragón negro. Por descontado, yo salvaba siempre la ciudad de aquellas intrusiones y unos días me nombraban miembro honorífico de la Guardia, otras hacían una estatua en mi honor… ese tipo de cosas que sólo los niños son capaces de imaginar… eso sí era diversión.
Pero aquella noche…

Cansados de que “los bandidos” irrumpieran en sus huertos y destrozaran los espantapájaros, los granjeros habían perfeccionado las cerraduras de las verjas. Yo era muy niña para saltarlas y muy débil para romperlas, sin embargo una de las puertas de los cobertizos estaba abierta. Me colé en silencio y con disimulo a curiosear, pero allí no había animales, ni un solo caballo, vaca, gallina o cualquier otra cosa que criasen. Allí sólo había un hombre mal herido, un elfo sentado en el suelo casi desangrándose intentando cerrar una herida de la forma más basta que jamás hubiese visto. Al toser, escupía sangre y cuando me miró sus ojos estallaron en llamas de ira y violencia. Intentó levantarse, pero no pudo. Yo di tres pasos hacia atrás antes de ponerme a correr como una loca de vuelta a casa.
Durante el camino, pasaron por mi mente toda clase de cosas, y eso sólo me hacía correr más rápido. Entré en la aldea mientras los guardias me gritaban que tuviese cuidado, atravesé varias callejuelas oscuras evitando la principal y llegué a casa. Abrí la puerta de un golpe, subí las escaleras hasta el dormitorio de mis padres adoptivos y entré en el baño.


Una hora más tarde volvía a estar en el cobertizo con una mochila casi tan grande como yo llena de vendas, antisépticos, pociones varias que no sabía muy bien para qué servían, pastillas de todo tipo y colores y un bote de crema cicatrizante.
El hombre, oscuro y siniestro, seguía allí tendido. Al parecer había logrado que la herida dejase de sangrar, pero estaba pálido y jadeaba.
Cuando me miró, sus ojos azules brillaron en la oscuridad. Yo nunca había visto unos ojos así.
Me acerqué sin miedo alguno y dejé la bolsa frente a él, dándole una patadita para que se tumbase y la mercancía cayese. Nos miró desconcertado a la bolsa y a mí, alternándonos, pero su frustración fue mayor cuando le dirigí mi mayor sonrisa y salí de allí corriendo.

Años después, me confesó, que lo que me salvó la vida aquella noche fue mi templanza. No vio miedo en mis ojos, ni duda, ni un resquicio de temblor en ninguna parte de mi cuerpo.

Durante los siguientes días acudí a hurtadillas al cobertizo, él nunca estaba, pero a partir del tercer día había pequeños obsequios allí dónde le había encontrado. Gemas extrañas de colores hermosos, flores que nunca había visto en las cercanías, anillos que brillaban con reflejos extraños… los guardé todos a buen recaudo hasta que llené una caja entera.
Pasaron dos dekhanas hasta que volví a verle.
   - ¿No sabes que la curiosidad mató al ogro? – fue lo primero que me dijo el día que me pilló cotilleando.
   - ¡No soy un ogro!
   - ¿Ah no? – se acercó y me tomó de la barbilla – Mmmm… nariz de ogro, ojos de ogro…
   - ¡¡No soy un ogro!! – le aparté de un manotazo llevándome las manos a la nariz preocupada mientras él reía.
   - No, no lo eres – sonrió y me miró de nuevo con aquellos ojos azules, tan hermosos, tan brillantes… - Pero incluso un ogro me temería, niña. ¿Por qué tu no?
   - ¿Eres malo? – sonrió de nuevo y me tendió la mano. No se parecía en nada a mi padre adoptivo, sus rasgos eran duros y firmes, se le veía fuerte como un orco a pesar de que estaba delgado como una pluma, sus músculos se marcaban fibrosos a cada movimiento que hacía, ágil y decidido. El pelo blanco le caía por delante de la cara, vestía ropas oscuras y llevaba cuatro estoques, dos en la espalda y dos en la cintura.
   - Hoy no, pequeña. Dime, ¿cuál es tu nombre?
   - Araya – le estreché la mano contenta – Araya T’haril – le solté la mano mientras él fruncía el ceño mirándome - ¿Tú?
   - Yo, niña, me llamo Dardo – reí un poco, divertida.
   - Que nombre más raro – él se sentó con las piernas cruzadas frente a mí y me sonrió.
   - Sí lo es, niña… sí lo es. Ahora ve, debes irte.
   - ¿Por qué? Acabo de llegar… - busqué como tantas otras noches el regalo de aquella vez, pero en el lugar donde habían estado siempre los objetos ahora sólo habían dos sacos medio rotos, una espada inmensa y varias mantas.
   - Debes irte, Araya T’haril – alcé la mano hacia él y puse morros.
   - Siempre me dejas algo – él rió y sacó del bolsillo un pequeño dardo plateado, me lo tendió y cuando fui a cogerlo lo alejó de mi alcance.
   - Este dardo es especial, no puedes desprenderte de él de ninguna manera, no lo vendas ni lo regales… y sobretodo no lo pierdas – asentí contenta y llevé ambas manos hacia él para coger el pequeño dardo. Lo miré y lo guardé en el bolsillo.
   - Qué tierno… - dí un respingo y antes de darme cuenta Dardo me cogió del hombro y me puse detrás de él. Yo ni siquiera había pestañeado y él ya había desenfundado los estoques del cinto.
De las sombras surgió una mujer semidesnuda que se contorneaba cada vez que daba un paso. Desaparecía y aparecía en la oscuridad y sólo el destello de luz de sus cortas espadas delataban su presencia.
   - ¿Ahora te has vuelto paternal?
   - Deja que la niña se marche.
   - Uih ni lo sueñes – rió sensual –, ahora será mucho más divertido.

Podría explicar paso por paso cómo fue la pelea, pero tan sólo sería una lista de movimientos interminables. Sólo cabe decir que aquella extraña mujer acabó desarmando a Dardo tras una larga batalla, que lo arrinconó contra la pared y le hundió el arma en un brazo. Su gemido fue como un bofetón, una descarga eléctrica que recorrió todo mi cuerpo, yo sólo era una niña pero incluso una niño debía ser capaz de hacer algo en una situación así. Pensé en las cientos de historias a las que había jugado, a los orcos, trasgos y dragones a los que me había enfrentado en mi imaginación… entonces sentí algo en mi interior, una punzada de energía, una escalofrío recorrer absolutamente todo mi cuerpo dejando un hormigueo en mis manos, sentí una extraña vibración que provenía de aquella inmensa espada tirada en el suelo junto con las cosas del elfo y no dudé. Cogí el arma con ambas manos y al tocarla sentí como si se fusionase con mis dedos, como si no hubiese ninguna arma en el mundo que no fuese aquella la que debía coger. Corrí hacia aquella mujer y sentí la energía recorrer mi cuerpo, deslizarse por cada resquicio y dirigirse a mi hombro, a mi brazo, a mi muñeca, a mis dedos… a mi arma.
Grité, dejando así que la energía de mi interior estallase, ella se giró sorprendida y le clavé la enorme espada en el vientre. Su sangre manchó mi rostro pero no me importó, no solté la empuñadura hasta que su cuerpo cayó inerte en el suelo y la mano de Dardo cogió las mías. Cuando me tocó, la energía que había sentido se desvaneció, al igual que mi consciencia.

Desperté varias horas después, Dardo lo había recogido todo y había limpiado las manchas de sangre en mi piel. El cuerpo de la mujer no estaba y él había recuperado sus armas.
Me incorporé y froté mis ojos, confusa. Él se acercó y frunció el ceño.
   - ¿Estás bien? – asentí –. Bien, ahora quiero que me mires y hagas lo que te diga, sin preguntas y sin rechistar ¿entendido? – su tono no me gustó, era duro y algo malhumorado.
   - Si…
   - Bien, vete a casa Araya. Vete y no vuelvas nunca a este cobertizo – arrugué la nariz y se me enrojecieron los ojos –, no quiero…. Oh dioses… no llores, no, Araya – alzó un dedo frente a mí y cambió el gesto a uno más cálido– no llores.
Secó las lágrimas de mi ojos y suspiró largamente, me arregló el flequillo y sacó de mi bolsillo el dardo plateado que me había dado.
   - No llores – asentí y cogí el dardo –. Vete a casa y no vuelvas aquí, yo iré a buscarte.




En la oscuridad del cobertizo, mientras yo corría hacia casa, Dardo se quedó mirando la espada bastarda que había cogido con mis pequeñas manos, una espada que me sacaba dos cabezas y que había sido capaz de manejar como si fuese tan sólo una prolongación de mi cuerpo. La tomó en sus manos e intentó comprender por qué aquella espada había despertado en mí la energía interior que había canalizado a través de ella.


En la oscuridad del cobertizo, mientras yo corría hacia casa, Dardo sonrió.

Seguiremos soñando

Seguiremos soñando

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