jueves, 23 de julio de 2015

Capitulo 02. Destino



   - ¡¡Golpead!!
   - ¡Ha!
   - ¡¡Golpead!!
   - ¡Ha!
   - ¡¡Golpead!!
   - ¡Ha!
   - ¡¡Golpe…….. ar?? ¿Durmas?
   - ¡Señor!
   - Hijo… ¿qué haces aquí?
   - ¡Entrenar duro, señor! – el capitán de la guardia, Jarred, se agachó junto a su hijo, una criatura de siete años que llevaba enfundada una espada de madera y se había hecho una armadura con piezas rotas y desechadas por los herreros de la aldea.
   - Durmas… eres muy joven aún para alistarte – el pequeño se acercó un poco hacia su padre y bajó la voz.
   - Pero papi… puedo hacerlo – la fila de guerreros experimentados que permanecían allí sonrió con orgullo al ver tanta disposición en un niño de tan corta edad.
   - No lo dudo, hijo, pero aún eres muy… bajito – se escuchó un carraspeo y todos los guerreros se cuadraron, incluido Jarred y su hijo.
   - Vaya, ¿así que este es el pequeño valiente que va a defendernos? – su sonrisa fue amistosa. Eran fieros en la batalla y duros en la defensa, pero toda la milicia de Bulborp admiraba la valentía y entrega de Durmas.
   - General, me temó que tardará uno años en poder lucir los colores oficiales.
   - Bueno, no tiene por qué, tengo algunos trabajillos que quizá el joven Durmas esté dispuesto a hacer… por la milicia.
   - ¡Oh sí, sí! ¡Lo haré bien! – el general rió con ganas y sacó un pergamino de su zurrón.
   - Muy bien, joven, demuéstrame entonces que mereces un lugar entre estos hombres – Durmas cogió el pergamino cuando el general se lo tendió y salió corriendo de vuelta a las murallas que protegían el pueblo.
   - Perdonad a mi hijo, señor, es muy joven… no tardará en regresar para que le digáis a dónde debe llevar vuestro mensaje.
   - Eso es lo más interesante de tu hijo, Jarred, no hace falta decirle dónde ir pues él ya lo sabe.

Y así era, Durmas sabía perfectamente dónde ir cada vez que el general le daba un mensaje, sólo tenía que mirar el tipo de sello con el que firmaba y en ese instante conocía su destino. Y del mismo modo que conoció el primero, conoció todos los demás.

Los años fueron pasando con tranquilidad en la aldea de Bulborp, un pequeño pueblo en las Tierras Centrales Occidentales. La milicia mediana dejó de sorprenderse al ver al joven Durmas corretear de un lado a otro del pueblo, y la milicia humana disfrutaba de su compañía mientras él, poco a poco, iba pasando de ser un niño a ser un adolescente.
De este modo, en la víspera de su decimosexto cumpleaños, llegó la guerra. La ciudad cercana de Hl’uzhar sufría asedio de los zhents que intentaban, como muchos ilusos lo habían intentado antes, tomar la pequeña ciudad. La misiva llegó en forma de carta y la milicia humana de la aldea partió de inmediato hacia el sur de las Colinas Lejanas, dispuesta a combatir.
   - ¡No es justo!
   - No se trata de justicia, Durmas. Eres muy joven.
   - ¿Qué tiene que ver la juventud con el poder? Sabes perfectamente que soy capaz, padre.
   - Nunca he dicho lo contrario, pero tu adiestramiento aún no ha concluido y no estas listo.
   - ¿Según quién?
   - Según la ley.
   - La ley… eso tan solo es unas pocas directrices.
   - La ley es lo que hace que este pueblo siga de una pieza, si no entiendes eso entonces desde luego que no estás listo.
   - Por favor, padre, no me dejes aquí… - Jarred se giró hacia su hijo mientras tomaba el casco cobrizo y lo colocaba bajo el brazo.
    - Tu tiempo llegará, hijo.

Y así, mientras la milicia partía hacia su destino, el joven Durmas se quedó en las puertas observando cómo los guerreros iban desapareciendo en el horizonte, con el puño apretado y el fuego ardiendo en su interior, pero no era un fuego de ira o de rabia, era un fuego de deseo y de coraje… quizá también de estupidez.
Bien sabía Durmas dónde guardaba su padre la antigua armadura, y sólo por eso se atrevió a buscar la puerta oculta de su hogar, abrir el armario empotrado donde guardaba con recelo la vestimenta y quitarla de su sujeción.

Mientras se la ponía, sabía que su padre se enfadaría, sabía que le gritaría y que se llevaría un buen castigo, pero no le importaba, quería luchar, quería pelear y quería demostrar que no existía enemigo alguno en el reino que pudiese con su espíritu.
Al anochecer se escabulló de las miradas medianas y atravesó las puertas del pueblo sin ser visto. Conocía el camino a Hl’uzhar, no estaba lejos, pero tardaría algunas horas en llegar.
Caminar con la armadura de su padre era incómodo, le venían grandes algunas piezas y paraba a menudo a ajustarlas cada vez que se le descolgaban, pero finalmente llegó a la batalla, desenganchó del cinto el hacha que el armero le había regalado años atrás y observó el campo.

Sin duda era una imagen desoladora, habían muchos más cuerpos de los que pensaba, los miembros cercenados yacían a escasos metros de sus antiguos portadores y la sangre bañaba el campo, la tierra y la hierba. Los gritos de ánimo se mezclaban con los de angustia, acompañados por el clásico sonido de las armas entrechocar. Las imágenes de zhents degollando guerreros, o milicianos que defendían la ciudad arrancando las vísceras de sus contrincantes con sus armas, o incluso enemigos violando a las mujeres guerreras muertas… o no tan muertas… eran desagradables, mucho más de lo que Durmas hubiese pensado. Pero aquello no lo frenó, sabía lo que debía hacer, sentía el fuego latir en su interior y la sed de golpear.


Quizá por ello sólo sonrió y cargó contra el primero que tuvo al alcance.

Seguiremos soñando

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