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viernes, 10 de abril de 2015

Capitulo 10. Petición (Final)

Dos días estuvo inconsciente, a cubierto en aquella tienda dónde un licántropo con forma de hombre la cuidaba día y noche. Salía a cazar cuando tenía hambre y tan sólo se alejaba de allí cada anochecer, cuando su cuerpo aullaba con libertad a la luna y él luchaba por dominar a la bestia que llevaba dentro.

Cuando despertó al amanecer del tercer día, le vio allí sentado. Sus ojos cerrados, su respiración calmada y el pequeño recipiente de incienso que humeaba a su vera fueron detalles suficientes para saber que rezaba en silencio. Quizá por él… quizá por ella… nunca lo supo.

Debió sentirla pues abrió ambos ojos y la miró serio.
   - Ya era hora – ella sonrió, aunque nunca hubiese pensado que sonreiría en una situación así.
   - ¿Qué ha pasado?
   - Larms te mordió – Isazara volvió a revivir lo sucedido y sintió nauseas.
   - Entonces soy…
   - No – sentenció y se incorporó, decidido a salir de la tienda.
   - ¿No? – corrió la suave tela que hacía las veces de puerta y se quedó allí, sin mirarla.
   - Parece que has tenido suerte. La herida se está cerrando, debes descansar.

Se marchó sin dejarla decir nada más.

Los días fueron pasando, las noches llegaron a su fin, ella mejoró y él creyó oportuno regresar. Saldría a cazar algo aprovechando la llegada de la luna, y tras la cena, partirían.
Una vez sola, Isazara se quedó mirando el techo, pensativa.
No era la primera vez que lo había pensado. Aquella noche, en el bosque, estuvo a punto de pedírselo.
   - ¿Acaso quieres ser débil siempre?
   - No…
   - Pues entonces entrena, aprende y supérate.
   - No quiero ser débil… ni quiero ser la presa…

“Quiero ser como tú” Esas debieron ser sus siguientes palabras, eso fue lo que quiso decirle. Pero no lo hizo porque estaba convencida de que él no la creería preparada.
¿Realmente quería esa vida? ¿Quería ese don? Málar se lo había arrebatado ahora de las manos, de la sangre… ¿Por qué? ¿No la creería digna?
Se incorporó al encontrar la respuesta, y aquella idea le rondó la cabeza durante una dekhana.


Una noche de luna llena, le encontró sentado en un árbol, esperando la llamada de los suyos. Tan sólo desvió levemente la mirada al escucharla… aunque seguramente haría mucho que sabía que iba hacia él.
   - Vete, no quiero que me veas cambiar.
   - No me importa…
   - Pero a mí sí. Vete.
   - No – resopló.
   - ¿Tan incapaz eres de seguir una orden?
   - ¿Si lo hiciera con qué ibas a regañarme entonces? – él meneó la cabeza, aunque sonrió.
Isazara se hubiese quedado allí, sentada a su lado esperando el cambio, hablando con él, escuchando su voz, sus relatos… se hubiera quedado allí todo el tiempo que hubiesen querido… pero tiempo, precisamente, no tenía.
   - Marcus… ya lo he entendido.
   - ¿Mh?
   - Hace tiempo que quiero hacerlo, pero nunca he encontrado el momento oportuno – él enarcó una ceja, perdido – Lo sucedido con Larms significa algo. Una señal de que tengo la opción de elegir.
   - Para, para, para…
   - No, escúchame. Málar me da la oportunidad de gozar del don que os dio a vosotros, pero si no me he transformado ha sido porque no desea que sea algo impuesto. No desea que mi don sea fruto del odio o la venganza – la miró incrédulo – Creo que si no me he convertido es porque quiere que elija.
   - Isazara…
   - Me dijiste que no querías que fuese así… que esperabas que te lo pidiera.
   - Isazara…
   - Te lo pido.

Silencio, sólo hubo eso entre ellos durante unos minutos, mirándose a los ojos, quizá igual de decididos como sorprendido.

   - Sólo a ti. Pues no quiero que sea ningún otro. No quiero que sea un Larms encolerizado, ni un Phineas quizá caprichoso… y mucho menos cualquier otro que me cruce por el camino… quiero que seas tú.

Los múltiples aullidos que se escucharon cortaron la conversación. La luz de la luna iluminó el cuerpo de Marcus, que se apoyó en el árbol y se convulsionó, apretando las manos en la corteza, ahogando el dolor.
Al abrir los ojos, ya no había humanidad en ellos. Sólo un lado animal y salvaje que miró con fijeza a Isazara. La cicatriz del cuello se clavó en su mente, única señal ahora de aquel desafortunado enfrentamiento. Ella tan sólo estaba allí, de pie, inmóvil, mirándole decidida.

   - Te lo pido.


En la oscuridad de la noche, en la profundidad del bosque, lo único que se escuchó fue el sonido desgarrador de una bestia mitológica. Ningún otro ser vivo se atrevió a emitir el más leve gemido, pues  todos y cada uno de ellos huyeron aterrorizados ante el aullido del lobo.

Capitulo 09. Mordisco

   - ¿Qué has hecho, Marcus? – Larms entrecerró los ojos, furioso.
   - Nada, la he criado.
   - ¿Criarla? – señaló a Isazara con desprecio - ¿Qué significa eso exactamente?
   - La he educado en nuestro dogma.
   - Eres un imbécil. Nos venderá… somos escoria para ella.
   - No lo hará.
   - Tienes suerte de que Main no esté aquí, te arrancaría las tripas…
   - Main está muerta, Larms, déjala estar. Además ella también hizo lo suyo.

Larms volvió a mirarla con desprecio, fue a dar un paso hacia ella pero la figura de Marcus fue más rápida y se interpuso.
   - Escucha, Málar no sólo nos tiene a nosotros… también acoge a otro tipo de creyentes… no podemos valernos sólo por la manada.
   - Eres un estúpido… siempre lo has sido.
   - Venga, no es para tanto… a Phineas le cae bien.
   - Tú verás… pero más vale que cumpla su palabra… por su bien – sonrió macabro mientras pronunciaba aquellas palabras y se fundía en las sombras.

El silencio los envolvió durante segundos que se hicieron eternos para Isazara, aquella situación se había producido por su lengua larga, y la culpabilidad ahora la ahogaba.
   - Lo siento…
   - No importa, tenía que decírselo igualmente.

Una manada de osos rugió con fuerza en el norte y ambos caminaron hacia allí. Larms luchaba contra ellos tan sólo con sus puños. Los mató a todos y comió de ellos, cual salvaje desquiciado y fuera de control.
El cielo comenzó a oscurecerse.
   - Te has mentido a ti mismo, Marcus.
   - ¿Uh?
   - Esto sólo demuestra que no aprecias tu don.

La luna se dio a conocer en el firmamento y ambos hombres cambiaron. Sus cuerpos se convulsionaron y aullaron fieros.
Sin previo aviso, Larms se lanzó contra Marcus, lo embistió y le golpeó con fuerza en el pecho, dejándole sin aliento y aturdido.
   - ¡Basta!
Isazara gritó asustada, preocupada y culpable. Sabía que poco o nada podía hacer en una batalla entre licántropos… per no quería que se hicieran daño… no quería que Marcus saliese herido por su culpa.
Larms se alzó y la miró amenazante. Ella se congeló e el acto, no podía mover ni un músculo. Sin duda, ese licántropo poco tenía que ver con el lado que Marcus le había enseñado.

Caminó hacia ella y rugió tan feroz y con tanta violencia, que Isazara supo cómo acabaría todo. Se fundió en las sombras y desapareció. Ella giró sobre sí misma con violencia, luchando, inútilmente, por encontrarle.
Entonces sintió cómo algo la sujetaba por la espalda, la bestia mística cobraba forma tras ella y unos colmillos afilados y desgarradores se hundían en su cuello.

El dolor fue exagerado. Le arrancó la carne y la desgarró, lanzándola con asco lejos de él. Marcus se lanzó sobre el agresor… pero de nuevo se fundió en las sombras… y se quedaron solos.
Ella intentaba taponar la herida, que no dejaba de sangrar, manchando así todo su cuerpo. Marcus la observó en silencio durante unos segundos y reaccionó. Virtió sobre la herida un líquido que cortó la hemorragia… pero la herida no sanó.

La ayudó a levantarse y la obligó a caminar. No podían quedarse allí.
Las piernas de Isazara fallaron varias veces, sólo los fuertes brazos de él impidieron su caída.
La luna los iluminó y el suspiro del hombre lobo fue casi eterno.
   - Isazara… te ha mordido cuando la luna estaba más alta… si mañana empiezan las fiebres…
   - Cállate – musitó ella, apenas consciente – Sólo llévame a casa…

Marcus asintió y se adentró en el bosque. Allí, horas más tarde, un pequeño y escondido campamento refugiaba a ambos. Isazara perdió el conocimiento en cuanto su cuerpo se relajó, y él se quedó a su lado, cuidándola… y esperando.

   - No quería que fuese así… - le había dicho - esperaba que algún día me lo pidieras…

Capitulo 07. Caza

   - Mira estos surcos… ¿Ves las marcas de alrededor? Está más hundido que el resto. Eso es porque o está muy gordo o lleva una armadura pesada – Isazara rió levemente y Marcus sonrió – Me inclino más por lo segundo.

Anduvieron unos metros hasta detenerse de nuevo.
   - Mira estas, son muy finas… quizá un elfo…
   - Araña…
   - No, las arañas dejan otro tipo de huellas – la niña dio un par de toquecitos en el hombro al explorador.
   - No, digo que hay una araña – señaló frente a ellos y Marcus resopló.
   - Odio las arañas…

Varias dekhanas habían pasado desde la confesión tan extraña que ambos se habían hecho, y ahora, como si el mismísimo Málar así lo hubiese dispuesto, licántropo y niña paseaban juntos, comían juntos, dormían juntos…

Él había empezado a darle una educación distinta con la que la chiquilla había crecido. El Dios de la caza surgía ahora en todas sus conversaciones, fluía por el interior de ambos. Isazara dejó de pronunciar sus cánticos hacia el padre árbol… sólo la gratitud por la caza y por haber encontrado a Marcus, surgía ahora en sus plegarias.

Su confianza era extraña. Él le había confesado que al ser mujer y niña, nunca la hubiese tocado.
   - ¿Me matarías si fuese chico?
   - Si valieses la pena, sí.
   - ¡Claro que valdría la pena! ¡Sería el mejor chico de todos! – él sonrió y apoyó la mano en su cabeza.
   - No lo dudo.


Con el tiempo, ella fue creciendo. La niña que llegó a Nevesmortas se convirtió en una jovencita adolescente. Descubrió el secreto que Phineas también guardaba, aunque fue un descubrimiento intuitivo, del que Marcus nunca dio una respuesta clara.
   - Vale, vale, lo capto. Os protegéis entre vosotros.
   - Muy lista te estás haciendo…

Conoció al desaparecido Larms. Un tipo mucho más extraño que Marcus (si eso podía ser posible). Distraído, relajado y sucio… sucio como la tierra, la hierba y el aire. Sucio como estaría la naturaleza si viviese en ella misma.
Nunca habló común delante de ellos. Nunca habló común delante de nadie. Sólo con Marcus… aunque sabía que eso podía cambiar.
   - ¿Y ese quién era?
   - Un amigo… de los míos.

Su manada estaba cerca, siempre vigilante, siempre presente, pero ella nunca los había visto a todos juntos. Ni siquiera había tenido la confirmación que tuvo con él, la idea de que Phineas y Larms eran también licántropos era sólo eso… una idea, una suposición que él nunca negó ni confirmó.
Pero Marcus ya no se escondía para transformarse… y eso a veces no era muy inteligente.

La última noche, la pasaron en una habitación de la posada de la Bifurcación. Ella estaba rendida, pues el viaje al bosque legendario había acabado siendo más aparatoso de lo que se esperaban. Marcus veía bestias allí donde ella tan sólo veía aire, y las águilas eternas decidieron darle caza antes de que ella pudiese reaccionar… suerte que estaba Marcus…

…otra plegaria más hacia Málar llena de gratitud por llevarla a él.

Esa noche, él sentado en el suelo y ella tumbada en la cama, le relató su pasado, su propia caza. La última noche que fue presa. La noche en la que se convirtió en cazador.
Era un don, así lo había llamado Marcus. Una bendición.
El dolor estaba patente en cada transformación, pero lo que sentía después no podía explicarse con palabras.
La noche oscureció la posada y allí, encerrado en aquellas cuatro paredes, se convulsionó, se encorvó y se transformó. Ella apartó la mirada, pero el sonido de sus huesos romperse no podía ignorarlo. Le oyó gruñir y le miró.

En aquella posada, Marcus tardó en controlar a la bestia, destrozó toda la habitación y provocó en la chiquilla un miedo que no se podía ocultar. Isazara intentó tranquilizarlo con ronroneos, y tuvo suerte de conseguirlo… quién sabe qué hubiese pasado si esa noche precisamente, la bestia hubiese ganado el combate.



Al amanecer estaba sola. Agazapada entre la hierba, inmóvil. Su pelo, ahora sujeto en una coleta, también había aprendido a no moverse. Su ocultación aún estaba por mejorar, pero tenía bien asimilado lo básico.
La presa estaba justo frente a ella, no había notado su presencia… eso fue su final.
El oso negro cayó inerte, con varias cuchilladas en la yugular. El desayuno estaría preparado en poco tiempo y Marcus se sentiría orgulloso por la presa. La carne de oso estaba más buena que la de ciervo…

Lo despellejó con aquel obsequio que el licántropo le había hecho. Separó la piel de la carne, vació sus tripas dividiendo lo que servía de lo que no, y mientras hacía todo aquello, susurraba ronroneos y gruñidos.
   “En esta mañana de caza, no hay otra cosa posible que darte gracias, mi señor, por esta presa tan bien hecha, por la fortuna de encontrarla y la gracia de cazarla”

Su cuerpo y sus ropas estaban manchadas de la sangre del animal, y ella lamió sus dedos probándola. Aún caliente, aquella victoria sabía incluso mejor.

Se limpió como pudo en un riachuelo, eliminando la sangre de sus manos y su cara, pero dejando las manchas en la ropa. Así conservaría el olor a animal, conservarían la esencia de la caza.
Arrastró las bolsas de carne hasta el caldero que había preparado Marcus, cuyas tripas se escuchaban desde el otro lado del bosque.
   - ¡Va niña! ¡Que tengo hambre!
   - ¿Y cuándo no?
Entre risas infantiles, lecciones, preguntas sin respuesta y trivialidades, licántropo y niña volvieron a compartir un desayuno.
Uno en honor a un dios secreto.

Uno en honor a Málar.

Capitulo 06. Lobo

   - ¿Por qué me sigues?
El gruñido apenas se escuchó pero hizo ruborizar a Isazara. Phineas alzó una ceja contrariado mientras Marcus esperaba una respuesta que nunca obtuvo.
   - Creo que no me entiende – la lengua común salió de sus labios mientras la pequeña se agarraba de su mano volviendo a dejarle en blanco.
   - Creo que tu mascota sólo responde a lo que quiere…
   - No importa… - suspiró y se soltó sin reparo – Niña, necesito las manos para defenderme, déjalas estar – ladeó la cabeza mirándole con cara de incertidumbre, sujetándose entonces a su pantalón – Ya… bueno… vamos, necesito unas cosas de la cueva.
   - La noche se nos echa encima.
   - Entonces camina rápido.

Sus pasos acelerados los llevaron a la entrada de una cueva en el camino de la bifurcación. Los tres se adentraron en ella y acabaron con la ridícula emboscada que les tendieron.
   - Se acerca la hora…
   - Adéntrate tú.
   - Marcus…
   - Ahora te sigo, Phin – sujetó el brazo de Isazara y la arrastró al fondo de la entrada a la cueva, mientras Phineas se fundía en solitario en la oscuridad. Marcus cerró los ojos y al abrirlos gruño levemente – Quédate aquí – ella negó haciéndole resoplar, cansado de jugar al gato y el ratón – Tú misma…

Se escuchó un aullido frustrado mientras Marcus se adentraba en la profundidad de la cueva, fusionándose con las sombras, desapareciendo entre ellas. Consciente de que la chiquilla le seguiría, decidió retirar la cautela, cansado de intentar evitar que la niña fuera consciente de la realidad. Quizá fue precipitado, quizá fue peligroso, pero lo cierto fue que al aparecer, ya no era un hombre. Lo que los ojos de Isazara vieron fue a una mutación, una mezcla entre el hombre que había tenido frente a ella y un lobo amenazante y poderoso.
Las historias que escuchó en su niñez cobraban vida ante sus ojos. Siempre había escuchado relatos sobre criaturas mitológicas que en su arboleda sólo existían en los cuentos. Pero ahora tenía una frente a ella… un terrible hombre lobo que, tras desgarrar sin ningún esfuerzo a sus adversarios, se giró hacia ella y la fulminó con aquellos ojos rojos penetrantes.

Corrió de nuevo hacia la salida, pero el licántropo la detuvo. Se agachó asustada, intentando comprender lo que sucedía, y al mirar hacia abajo vio el collar que él mismo le había regalado dekhanas antes. Un collar hecho de hojas y ramas entrelazadas, con un colmillo pendiendo de él. Recordó las palabras élficas que le susurró para activarlo, y, sin saber muy bien por qué, las pronunció.
El colmillo brilló tenuemente, y una fuerza ajena la golpeó con fuerza, quebrando sus huesos, haciendo que creciese pelo por todo su cuerpo, polimorfándola en una pequeña loba, asustada y acorralada.
Al licántropo poco le importó su cambio, la tomó del cuello y la obligó a mirarle. En sus ojos pudo distinguir el brillo de la inteligencia, de la cordura (quizá ahora no muy presente, pero existente) y del razonamiento. La soltó tras un fuerte gruñido, más molesto que amenazante, y ante sus ojos aquel licántropo tomó de nuevo la figura que ella bien conocía. La figura de un hombre. La figura de Marcus.
   - ¿Es que no sabes ni seguir una simple orden? – cuando se tranquilizó un poco, Isazara volvió también a su forma, mirándole incrédula. Él se agachó y frunció los labios, suspirando – Ven, no te haré daño… no tengas miedo.

La pequeña le miró barajando todas las posibilidades. Miró la salida, miró al medio hombre que tenía delante, miró el techo de la cueva e incluso las profundidades en las que se había perdido Phineas.
Marcus la miraba fijamente, con el gesto tranquilo. Por alguna razón, ella sintió que era sincero. Por alguna razón, supo que, por extraño que pareciese (y a pesar de haber descubierto un secreto que bien debería guardarse para él), no le haría daño. Quizá fue su mirada segura o su voz cálida lo que hizo mella en la chiquilla. Lo que hizo que decidiese ofrecerle la misma extraña confianza que él acababa de mostrarle.
   - ¿Para que puedas morderme? – por primera vez desde que había llegado, el común perfecto y razonado surgió de sus labios, y el tono infantil y despreocupado desapareció en sus palabras. Marcus la miró sorprendido y se incorporó.
   - ¿Desde cuándo hablas común?
   - ¿Desde cuándo eres un lobo?

La corta conversación que mantuvieron dejó bien claro que ambos guardaban un secreto que no deseaban que fuera descubierto. Era extraño que un licántropo se descubriera de esa forma y no hubiesen consecuencias, quizá confiar en la pequeña era una apuesta arriesgada, pero así era Marcus, impredecible.
Le lanzó aquel libro que llevaba guardado, esperando a que la muchacha supiese hablar una lengua que creía que ignoraba. El símbolo de Malar rezaba en su portada, y al caer al suelo, el polvo y la arenilla voló a su alrededor.
   - Ahora voy a adentrarme de nuevo en la cueva… cuando salga, puedes estar aquí o no. Es elección tuya.


Cuando le dio la espalda, en su fuero interno estaba convencido de que la niña desaparecería en un abrir y cerrar de ojos, mas lo único que desapareció fue aquel tomo viejo, pues ella seguía allí cuando Phineas, sangrando de pies a cabeza, y él regresaron.

Capitulo 05. Niña.

   - Espera aquí, iré por algo de comer.
Ya se había acostumbrado a que, cada noche, la dejase junto a la hoguera durante un tiempo indeterminado, mientras él cazaba algo para cenar. Había algo en su mirada, en su forma de caminar e incluso en la manera de hablar, algo que la atraía demasiado.
Nunca había sentido un interés tan fuerte por nadie en el tiempo que llevaba fuera de su hogar. Tanto tiempo que ya no recordaba cuándo la habían “invitado a irse”. No hubo explicaciones aquella noche, tan sólo un petate hecho y una osa que la obligó a caminar hasta que las lágrimas cesaron.

Él regresó con un ciervo a cuestas que sangraba abundantemente por una herida, manchando su ropa sin producirle el más mínimo desagrado, como si estuviese acostumbrado o como si ni se percatase. Tomó el mismo cuchillo que noches antes le había ofrecido a ella para despellejar un tejón, haciendo lo propio con el ciervo, vaciando sus tripas y separando la carne que servía y la que no.

Isazara quiso acercarse y ayudarle, pero sus ropas nuevas le gustaban demasiado y al menos quería tardar un poco más en mancharlas. Aún recordaba la noche en vela que él pasó confeccionándolas, después de arrancarlas de los cuerpos sin vida de aquellos bandidos a los que había tumbado sin apenas pestañear. Le gustó verle luchar, era un estilo diferente.
Su piel se erizó a cada roce suyo, mientras le tomaba medidas o le ajustaba la cintura y las botas. Nunca hubiese pensado que se le diera así de bien coser.
   - ¡Niña! No te embobes y come.

Le tiró un trozo de carne tras cocinarlo y ella lo devoró como si nunca hubiese probado bocado. Él meneó la cabeza y rió, recordando cómo había luchado la pequeña, agazapándose entre los arbustos, acorralando a su presa y cortándole la oreja tras matarlo, como símbolo de victoria.
Llegó otro hombre en ese momento y olisqueó la cazuela.
   - Cocinado… no sé si podría…
   - Come algo tú también, necesito hongos y hay que ir bajo tierra. Prefiero tenerte en forma aunque apenas participes en las peleas… a ver si empiezas a lucirte, la niña al final me será más útil que tú.
   - ¿Tu mascota ya habla?
   - No lo sé, creo que no - La pequeña corrió hacia el recién llegado y se escondió bajo su capa, enroscándose en ella.
   - Ni se te ocurra hacerme cargar con ella – gruñó levemente y ambos hombres alzaron las cejas – Vaya… pues parece que sí habla… al menos una lengua que comprendo.
El resto de conversación acabó siendo una sinfonía de gruñidos y ronroneos, un lenguaje que el trío bien comprendía, pero que nadie que no estuviera familiarizado con la naturaleza y el reino animal entendería.
Bien entrada la noche, Isazara se quedó dormida, acurrucada junto al primero de ellos, mientras él ponía una mano en su cabeza y la miraba pensativo. Aún guardaba aquel libro sobre su Dios que días atrás había cogido para ella.
   - Cuando entiendas común, te lo daré, ramita.
   - Y ahora le pones mote… estupendo… - el otro rió haciéndose el tonto y se levantó.
   - Vigílala que no se despierte.
   - La niña es tu problema, Marcus, no el mío.


La pequeña se agarró con fuerza al pantalón de Marcus y sonrió en sueños, quizá no fuesen las mejores compañías, pero eran las que ella había elegido.

lunes, 20 de agosto de 2012

Capitulo 04. Cambiante

Reizel caminó inquieto hasta llegar junto a Hojaverde.
Nunca creyó que en un trayecto tan corto pudiese pensar en tantas cosas. Su corazón se disparó pues su primer pensamiento fue para su amada ¿estaría bien? ¿habría sucedido algo? El sol ya estaba alto y su mujer aun no había regresado, eso no era una buena señal, ni un buen presagio la multitud que se había formado en la entrada de la arboleda.

Sus pasos se volvieron pesados y lentos, realmente le costaba caminar, presa del pánico. Sintió una punzada en el pecho y, cuando quiso hablar, su voz no salió.
En un instante, su conciencia lo tranquilizó, a estas alturas Reizel ya debería saber que él siempre “veía” esas cosas. Siempre se le avisaba de una u otra forma… siempre.

Hojaverde volvió a llamarle cuando estuvo más cerca, y su rostro inexpresivo lo inquietó aún más. Sólo la figura de su esposa consiguió arrancarle el miedo, y su sonrisa al verle le devolvió la tranquilidad.

Mas la duda, el temor y la incertidumbre volvieron como un cubo de agua fría que se derrama de golpe al ver a su lado a un oso. Un animal inmenso, de un pelaje brillante y perfectamente cuidado que tiempo atrás había visto.
Un hembra.

La misma que se marchó años atrás, adentrándose en el desierto, portando en su lomo a una niña pelirroja que lloraba frustrada… la misma que se llevó a rastras a su adorada Isazara.
   - ¿Qué significa esto?
Hojaverde alzó una mano y se giró hacia la osa.
   - Por favor, estimada Shía Malvart’lik, te suplico vuelvas a tu forma y acabes con la duda que amarga nuestros corazones.

La osa se alzó sobre sus patas traseras ante la sorpresa de todos. Las hojas comenzaron a arremolinarse a su alrededor, mientras sus ojos se cerraban. La cubrieron por completo en cuestión de segundos, y cuando su figura estaba totalmente envuelta en cientos de hojas, un golpe de viento las arrastró hacia el bosque, dejando en su lugar la figura de una mujer.

Su piel clara y sus ojos azules dejaron atónitos a los presentes. A todos, menos a Hojaverde y a Reizel, que hacía muchos años que sabían que aquella osa, era en realidad una elfa que adoptaba a placer la forma que desease.

   - Hermana Malvart’lik, ¿Por qué habéis regresado? - Cuando aquella mujer despegó los labios para hablar , su voz, suave, dulce y tentadoramente seductora embaucó a todos los presentes.
   - La niña ha roto el vínculo y ha forjado uno nuevo con otra criatura
   - El humano… - la fey’ri asintió.
   - Aquel a quien el viento llama Marcus vela ahora por ella. Pero ni siquiera él estará siempre.
   - ¿Pero está a salvo? ¿Podrá ese humano cuidarla y protegerla?
   - No me corresponde a mí decirlo. No me corresponde a mí verlo.
   - ¡Pero debes saber algo! ¡Debes haberle visto! Sabrás lo que le está enseñando.
   - Reizel…
   - ¡No, no! ¡Esto es culpa vuestra! – señaló a la fey’ri furioso - ¡Ella debía protegerla!
   - No está sola.
   - ¿Y quién es ese humano? ¿Quién se cree que es para tomar la tutela de mi hija?
   - La niña lo escogió.

La miraron confundidos.
   - Isazara es demasiado pequeña como para saber lo que le conviene. ¡Tú debías protegerla!
Tan sólo una leve inclinación de cabeza de la fey’ri hizo que el cielo se oscureciese, las nubes nublasen el firmamento y comenzase a llover.
   - No la hagas enfadar, Reizel.
  - La niña eligió la vida que ahora tiene. Eligió a la nueva criatura pues rompió nuestro vínculo voluntariamente.
   - No debimos dejarla contigo, fue un error.
   - Echárla fue el primero de vuestros errores, mestizo. Ahora ella ya no pertenece a este círculo, ya no forma parte de vuestra arboleda. Tiene otra familia.
   - ¡Nunca!
   - Ha elegido otra familia.


El viento sopló con fuerza arrastrando hojas y hierba consigo. Hojaverde, Reizel y el resto de los presentes tuvieron que cubrir sus rostros, molestos.
Al abrir los ojos, el lugar donde había estado la fey’ri brillaba vacío.
“Ha elegido otra familia” Esas había sido sus últimas palabras, unas palabras que atormentarían eternamente a Reizel.


En la oscuridad de su cuarto, llorando la pérdida definitiva de su única hija, cerró los ojos.
Sólo entonces le vio, abrazado a su adorada niña, convertida ahora en mujer.
Sólo entonces lo supo.

Su niña, su preciosa y dulce niñita, ya no existía.


martes, 7 de agosto de 2012

Capitulo 03. Osa



Primera dekhana del mes.
Esa mañana el cielo estaba encapotado en las tierras de Cormanthor. A pesar de que el horizonte estaba nublado, y la densidad impedía ver más allá de varios metros de lejanía, Missara no anuló sus rezos matutinos.

Como cada primer día de mes, caminó en silencio con la única prenda de un suave camisón blanco de seda, que arrastraba su cola por la hierba húmeda, tornando el borde del marrón claro propio de la tierra.
Ella, hermosa, delicada y frágil, dirigió sus pasos hasta un pequeño estanque sagrado no muy lejos de la arboleda, donde cada primera mañana del mes, bañaba su cuerpo desnudo dejando que las pequeñas hadas revolotearan a su alrededor, cuchicheando vergonzosas.

Su piel se erizó al contacto con el agua, pues aquella mañana estaba más fría que de costumbre. El aire arremolinó su cabello y el inicio de la lluvia hizo que aquel ritual fuese más hermoso que de costumbre. Las pequeñas gotas rebotaban con elegancia en su piel blanquecina mientras su aliento formaba pequeñas nubecillas de vaho a su alrededor.

El silencio, infinito e imperturbable, ni siquiera se vio alterado cuando una segunda figura se acercó al estanque, observando con seriedad cómo la mestiza se bañaba mientras dedicaba un baile lento al viento y a los dioses.

Sus ojos se encontraron interrumpiendo así la danza. Missara miró a la otra presencia confundida, alterada y, ¿por qué no decirlo?, temerosa. Pues no era un humano quien observaba. No era un elfo o un mestizo. No era ningún ser mitológico ni ningún Dios curioso que hubiese decidido presentarse.

Tan sólo una osa, de pelo brillante, afilados dientes y ojos intensos que la miraban penetrantes.
Correr era inútil, ella bien lo sabía.

El animal se acercó con lentitud y se introdujo en el estanque, acercándose a la mestiza, paralizada bien por miedo, o por curiosidad. La rodeó varias veces, olfateando hacia ella, mientras luchaba por deshacerse del agua que se pegaba a su cuerpo. Missara inclinó la cabeza, con cortesía y respeto. Su esposo le había enseñado el lenguaje de los animales, pero el miedo a cometer algún fallo y molestar al animal se apoderó de ella, y prefirió permanecer en silencio.

La osa se acercó de nuevo, hasta colocarse frente a ella. Gruñó con decisión provocando en Missara un escalofrío. Se alzó sobre sus patas traseras y rugió con más fuerza, salpicando agua en la cara de la semielfa.
De nuevo sus ojos se encontraron, y el rojo intenso que el animal hacía brillar, de pronto, se tornó negro.



  
   “   - Siempre supe que no era una osa normal – la joven Isazara vendaba una herida en el brazo de aquel hombre llamado Marcus.
         - ¿Qué quieres decir?
         - Bueno, nunca se comportó como tal, era más bien un cambio de personalidad repentino. Shía siempre ha sabido lo que sucedía a nuestro alrededor, siempre ha sabido lo que debíamos hacer o a dónde debíamos ir.
         - No comprendo…
         - Bueno… no lo sé con certeza pero… creo que era una cambiante”


Reizel abrió los ojos sobresaltado. Una nueva visión, aunque esta vez no tenía claro si había sido del futuro… del presente… o quizá del pasado… últimamente su percepción del mundo empezaba a estar distorsionado.
Acercó una mano a su lado, buscando la calma en el cuerpo de su esposa. Pero ella no estaba.
Suspiró y miró por la ventana.
   - El primer día del mes…

Se vistió con parsimonia consciente de que Missara no regresaría hasta el atardecer. Volvió a cerrar los ojos, ya vestido y sentado al pie de la cama, respirando hondo varias veces, haciendo acopio de todas las fuerzas a las que debía reunir cada mañana al levantarse.
Un rostro le vino a la mente. Una mirada infantil convertida ahora en adulta, una melena rojiza llena de hojas y ramas, ahora convertida en divertidos tirabuzones enredados con gracia. Un cuerpo pequeño ahora crecido y con líneas definidas… toda una mujer.
La culpa aún seguía persiguiéndole, a pesar del transcurso de tantos años.

   - ¡Reizel!
El grito provino del exterior. Él se incorporó en apenas un pestañeo y salió de la pequeña tienda extrañado. Hojaverde no debería estar allí.

jueves, 19 de julio de 2012

Capitulo 02. Tiempo



En los largos años de vida que había sentido, nunca, en ninguno de ellos, hubiese apostado por despertarse así. Siempre creyó que el sudor, los temblores y el latir acelerado del pecho se deberían por algún estruendo, por alguna presión o por un dolor agudo. Pero esa noche, Reizel se despertó con el corazón en el puño debido únicamente, al silencio.

Su esposa descansaba plácidamente a su lado, acurrucada a él, como una niña indefensa que busca protección en una criatura más fuerte, como hacía su preciada y única hija en las noches frías, cuando salían más allá de la protección de la arboleda.

El chamán se deslizó con cuidado entre las sábanas, realizando movimientos lentos, muy lentos… tan lentos que las finas mantas que cubrían el cuerpo desnudo de Missara no se movieron lo más mínimo.
Se cubrió el cuerpo con la vieja túnica que utilizaba cada día, en sus rezos matinales, y se encaminó fuera de la pequeña cabaña, dando una larga bocanada de aire al pisar la hierba del exterior.

La fogata aún humeaba, único detalle perceptible ahora de la reunión realizada durante la noche. Se acercó y se agachó frente a ella. El delgado hilo de humo que se dejaba entrever aún desprendía ese olor a incienso quemado, mezclado con aloe vera, menta y jazmín. Sonrió recordando lo sucedido, lo hablado y lo discutido. Aquella arboleda rezumaba paz y tranquilidad, y el recuerdo de la decisión más difícil le golpeaba cada día.

Missara dejó de dormir a su lado durante un año entero, dejó de comer, de rezar… Hojaverde lo intentó todo, pero nada funcionó.
Al final, Reizel dedujo que el tiempo que su esposa necesitó para perdonarle, era suyo. Fue ella la que decidió cuándo terminar el luto, cuando alejar la tristeza y cuando terminar d ignorarle. La noche que ella apareció de nuevo en su puerta y le sonrió, de aquella forma que sólo ella sabía, supo que el castigo había finalizado.

No se sentía orgulloso, pero al menos los reportes de Shía los tranquilizaban. “Yo misma le entregaré un compañero que la protejera y velará por ella en todo momento. Tu hija estará a salvo, te lo prometo” Eso había dicho Hojaverde tiempo atrás… y eso había cumplido.

Shía Malvart’lik, a ojos de todos los seres vivos que podían existir, una osa de mal carácter. Eran muy pocos los que sabían a ciencia cierta cuál era su verdadera naturaleza. Hojaverde era una de ellos… y desde el día en que Isazara se marchó, él también.
Ciertamente “marcharse” no podría ser la definición a lo que sucedió… pero era algo que decidió no volver a recordar. Demasiado doloroso… demasiado cruel.

Alargó la mano hacia la tierra, tomando un poco de ella entre sus manos, sintiéndola, frotándola contra su palma. Acercó la mano sobre la hoguera, dejando que el humo pasase a través de él, y cerró los ojos.

El tiempo se detuvo entonces para él. Su cuerpo se despojó de su alma, espíritu y mente, que volaron libres como un ave… como un cuervo que sobrevolaba ciudades y bosques en busca de algo, una mancha rojiza en el tiempo, en el firmamento. Un gruñido, un grito alocado, un desgarro mortífero.
El frío al que llegó le heló las plumas, pero él continuó volando. Allí, entre los árboles, allí un destello no cuadraba con el verde y marrón del bosque. Allí una niña descansaba tranquila, con la protección de una osa que prometió cuidarla, y el calor de una hoguera.



El cuervo quiso graznar, pero ningún sonido salió de su pico. Quiso revolotear sobre aquella chiquilla, pero ella ni si quiera le veía.
Ahora estaba despierta y miraba fijamente algo… un animal… no, un hombre. Sólo tenía ojos para él, que la miraba y se comunicaba con ella por gruñidos o ronroneos, al más puro estilo animal.
Isazara se distrajo tras un pequeño animal, eso hizo sonreír al cuervo, cariñoso… paternal. El hombre silbó y la pequeña corrió a su lado tomándole de la mano.
   - Necesito las dos manos para defenderme, niña – pero ella no le soltó – Mete esto en tu cabecita, debes ser el cazador, no la presa. Mantén los sentidos siempre alerta.



Abrió los ojos a la par que la tierra tapaba el último hilo humeante, apagando así por fin la hoguera, dando muerte a un fuego consumido. Suspiró y miró las cenizas. Quizá así fuese mejor, al menos sabía que algún día, alguien se haría cargo de ella.

Reizel se irguió y miró al cielo, estirando su cuerpo castigado, ya mayor aún para ser mestizo. En su mente se crearon imágenes de su princesa riendo, correteando entre aquellos hogares como cualquier otra hija de aquel bosque. Pero bien sabía él que sus risas y sus lágrimas se perderían entre unos árboles que él jamás vería.

Lo único que soñaba era que llegase el día en que su visión le mostrase a una hija adulta. Quizá, con suerte, le mostrase el día en que Isazara regresase…

Quizá…


Se dio la vuelta y volvió a su cabaña. Missara seguía en la misma posición, aún dormida. Se tumbó a su lado y la beso en el pelo, acurrucándose, sintiendo su cuerpo cálido, su piel fina y suave. Cerró los ojos y sonrió. La imagen de su hija fue lo último que recordó antes de dormirse. La imagen de su niña pelirroja persiguiendo a un hombre, cuanto menos, peculiar.


lunes, 21 de mayo de 2012

Capitulo 01. Grito



…Entonces el cuervo sobrevoló las tierras de Toril, y sintió la libertad. Su alma se desenlazó del mundo y su espíritu surcó los aires y los tiempos.

Lo físico se convirtió en etéreo y la realidad pasó a ser un dibujo difuminado cuyo ojo avizor todo alcanzaba.

Faerûn… Kara-Tur… Zakhara… todos aquellos continentes no eran más que una mancha en la lejanía para el ave, que los sobrevolaba en círculos una y otra vez… una y otra vez.
Nadie sabe cuánto tiempo estuvo observando aquellas tierras, pero una noche, tras meditarlo mucho, bajó en picado hacia el continente elegido.

Voló entre las ciudades del desierto de Calimshán, entre los bosques del Weldath y las aguas de las Lunshaes. Viajó hacia el Gran Glaciar y quiso atravesar el Páramo sin Fin.  Recorrió Mulhorand en busca de algo que solo él sabía, atravesó los árboles de Amtar y recorrió el camino entre El Sheír y Túrmish.

Nada lo complacía, nada lo llenaba, nada le hacía sentirse de nuevo vivo. El aire que respiraba se calaba hasta los huesos, sus pulmones aspiraron y expiraron tantas veces que olvidó que aquello no era real, pues toda su carne, todas sus plumas, todo su ser sentía el frío del viento, el calor del sol e incluso el dolor de un estómago vacío. Nada lo tentaba, pero todo lo acongojaba.

En el transcurso de un solo pestañeo, se encontró de bruces con una guerra entre Dioses. Todos, los que conocía, aquellos de los que había oído hablar, incluso aquellos que existieron y dejaron de existir, todos estaban allí en un belicismo puro que trastornó el mundo, la paz y todo conocimiento. La crisis de los Avatares recorrió el continente durante dekhanas, tiempo ínfimo ante aquellos ojos amarillentos que observaban desde las alturas.

El cuervo, pequeño y desapercibido para los ojos de los Dioses, contempló el espectáculo deplorable sin deseo alguno de entrometerse. Tan solo dejó al Dios supremo hacer. Tan sólo dejó que pasase lo que debía suceder.


 Entonces escuchó un llanto.


Aquel débil y melancólico sonido provenía de tierras lejanas. Del este. Tan al este, tan lejos, que tardó años en llegar, y a pesar de volar raudo, cada día, cada noche, parecía que estuviese más lejos de aquel llanto.
Y cuando creyó estar cerca… cesó. No supo por qué, pero continuó batiendo sus alas, sobrevolado árboles, claros y ciudades enteras. Una fuerza mayor que aquel sonido lo arrastraba ahora, lo guiaba.

Hacia el este… siempre hacia el este.


Con el tiempo, llegó a una ciudad.
Una pequeña de unos 1500 habitantes, cuyo recinto amurallado estaba repleto de casas de piedra con el tejado de madera. Un bullicioso lugar en el que se intercambiaban mercancías y su importancia había crecido tanto en los últimos tiempos que multitud de casas se hallaban en plena construcción más allá de las murallas.
El interior era tan bullicioso como un distrito de Aguas profundas y a todas horas había carros
yendo y viniendo a todas partes.
El río, al que escuchó llamar Arkhen, fluía por el interior de la ciudad y sus aguas frías y rápidas eran utilizadas para el bien de la comunidad, tanto para el uso de un aserradero y un molino, como para extraer peces de su cauce.
Y navegando por él podían verse embarcaciones pertenecientes a las personas que vivían en el barrio, la zona más sofisticada y refinada de la ciudad.

Pero al cuervo aquello no lo sedujo y alzó el vuelo. Fue entonces cuando vio un bosque. Tan frondoso y salvaje que le fue casi imposible penetrar en él. Si hubiese sido hombre, hubiese tenido claro que sólo hubiese podido entrar a pie, pues los barranquillos y colinas lo hacían peligroso y traicionero. Podría haberse marchado igual que hizo en otros lugares… pero una terrible e incontrolable curiosidad lo arrastró al centro justo de aquel bosque.

Sobrevoló los arbustos con dificultad e hizo gala del camuflaje hasta llegar a su destino. Una arboleda, pequeña , desapercibida y tranquila. Un consejo… un círculo… un hogar para los suyos.

Se sintió en casa.

Escuchó una risa tenue al entrar en aquella arboleda oculta en medio del bosque del Arkho, en tierra de elfos, en tierra de Cormanthor. Y al atravesar el umbral de aquella tierra, protegida por los druidas que la fundaron, su plumaje desapareció dando paso a manos, piernas y carne, convirtiendose así en un hombre... en un semielfo.
La melena rojiza fue lo primero que se dintinguió de él en la arboleda, justo antes de que una criatura cayese desde las alturas de uno de los árboles, corriendo hacia él y abrazándole con fuerza. Apenas una chiquilla de unos diecinueve años, que había heredado el rojo fuego como tono de pelo, y cuyo poder druídico fluía por su sangre de forma que nunca antes había sucedido.
Encontró a Elhanar Hojaverde sentada presidiendo un círculo. La líder siempre había sido alegre, siempre escuchaba al resto y aceptaba las opiniones enfrentadas. Fuerte como un roble, así la describían todos.
A Hojaparda saliendo de la arboleda, dedicándole una última mirada a Elhanar. Amantes olvidados y perdidos en un bosque tan frondoso que ni siquiera ellos mismos han sabido encontrarse.

Y cuando la paz era lo único que sentía, cuando el alivio de haber regresado a lo que sentía su hogar palpitaba en todo su cuerpo, escuchó un grito extraño. Un grito que aullaba la criatura más antigua y mágica de la arboleda. El Trent.
Robleviejo nunca, jamás había despertado antes. Un suceso ancestral le robó la vida, haciéndolo descansar eternamente. Pero aquella tarde despertó de su sueño profundo, solamente para gritar y desgarrar el aire.

No hubo tregua, no hubo batalla… ni siquiera hubo suceso. El semielfo se giró y tan sólo en esa fracción de segundo encontró su hogar destruido. Los bosques del Arkho jamás ardieron con tanta intensidad, los cuerpos de sus hermanos jamás sangraron de tal forma, Robleviejo nunca había estado tan muerto y desnudo.

Entre gritos, sollozos y súplicas, el semielfo tomó de nuevo forma de ave y voló hacia las alturas. Sus lágrimas crearon una lluvia torrencial que apagó los árboles ardientes. Y allá, en la lejanía, pudo ver cómo varios carros arrastraban las ramas taladas del Trent sagrado, así como a aquellos grandes guerreros que habían apresado con vida.

Quiso volar hacia ellos, quiso arrancarles los ojos, lenta y dolorosamente. Pero algo lo detuvo a escasos metros. Una melena rojiza acompañado de un cuerpo de mujer, que salió de aquella caravana, sonriendo satisfecha. Una chiquilla de ojos verdes que tiempo atrás, cuando sólo era una niña, le había llamado Padre… su niña… su preciosa y dulce criatura.
   - El tiempo no os favorece, debéis partir – ella habló en la lengua de los hombres, una lengua que el cuervo desconocía pero que entendió perfectamente.
   - Ven con nosotros.
   - Mi lugar es el bosque.
   - Este ya no es tu hogar.
   - Este no es el único bosque.

Les guiñó un ojo seductora y contorneó su cuerpo, casi vendiéndose, mientras guardaba la gran suma de dinero que había ganado.
   - El trabajo está hecho.

El rojo fuego que emergió de su cabello al girarse y enfrentar al cuervo, fue tan deslumbrante, tan intenso, que el animal no pudo reaccionar hasta que el dardo se clavó entre sus ojos.
Un chiquillo retumbó en su cabeza, una fuerza superior lo arrastró a un abismo, y en la oscuridad de la nada el frío, la lluvia, el aire, el oxígeno desaparecieron para dar paso al incienso y la paz.

En la oscuridad de la nada abrió los ojos, blancos como el orbe lunar en su máximo esplendor, y esperó a que recobrasen su color cobrizo, apenados.
Allí, en la protección de su tienda, el semielfo miró al frente, dónde unos ojos mucho más asustados que los suyos le miraban penetrantes. Él negó con la cabeza. Nunca había deseado ese don… nunca había deseado las visiones… mucho menos cuando eran buscadas… mucho menos cuando hablaban de su hija… pero aún menos cuando la misma visión se repetía una y otra vez.
   - Reizel… sabes lo que hay que hacer – el susurro de la lengua silvana se escuchó en aquella tienda.
   - Sólo tiene diez años, Hojaverde… ni siquiera sabes si sucederá realmente…
   - ¿Cuándo han fallado tus visiones? ¿Cuándo has errado en alguna predicción? Yo responderé… nunca.
   - Sólo tiene diez años…
   - Y quizá gracias a eso la salvemos. Quizá en un mundo dónde no conozca la codicia se convierta en algo mejor que esa… - acalló sus palabras pues nada grato iba a decir. Reizel frunció el ceño y se apretó la sien.
Fuera, se escuchó el chillido juguetón de una niña pequeña, cuya melena rojiza estaba enmarañada y cuyas ropas habían dejado de relucir por culpa de la tierra y las hojas que las manchaban.
   - No puedo pedirle a Missara que se la lleve… no puedes pedirme que la eche… es mi hija…
   - No dejará de serlo, Reizel, pero debes entender. El Gran Padre la protegerá en su seno, la convertirá en una gran mujer, digna de regresar junto a nosotros. Cuando su mente inmadura haya adquirido aquello de lo que ahora carece… aquello que evitará que sea corrompida.
   - Hojaverde… por favor…
   - Reizel… la decisión no debe debatirse. La visión lo ha proclamado. La predicción está hecha.
   - ¿Qué te hace pensar que no es exactamente por esto por lo que acaba…?
   - ¿Traicionando a su pueblo? – Reizel señaló fuera de la tienda.
   - ¡Mírala, por los cielos! ¿Crees que ahí fuera, sola, no será más fácilmente corrompible? – Hojaverde guardó silencio unos segundos, pensativa – Piénsalo, por favor… no deseo restarte autoridad pero… te lo suplico… es tan sólo una niña pequeña que apenas ha comenzado a vivir… morirá ahí fuera antes de que nos demos cuenta – la líder alzó una mano.
   - Es posible… quizá tengas razón, pero no arriesgaré la seguridad de mi arboleda. Sé que es tu hija… y por eso no se irá sola. Yo misma le entregaré un compañero que la protejera y velará por ella en todo momento. Tu hija estará a salvo, te lo prometo. Hasta que cumpla veinte años y pueda regresar.
   - Elhanar… de nuevo te suplico… - ella alzó una mano exigiendo silencio.

El semielfo la miró horrorizado, sabía cuales sería sus próximas palabras y no las deseaba, no podría soportarlas. En la mirada de Hojaverde pudo ver la punzada de dolor, ella tampoco deseaba hacerlo, pero era su obligación. Como líder y protectora.
Cerró los ojos y separó los labios… sentenciando.
 
   - Isazara debe irse.


Seguiremos soñando

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