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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Capitulo 05. Futuro



Poco tiempo pasó tras la victoria en Hl’uzhar, las heridas de Durmas fueron sanando y su cuerpo volvió a recuperar la fuerza, el ímpetu y la determinación. Su visión, latente en su alma cada día, le había dado un nuevo sentido a su vida, se sentía más seguro, más decidido y con una fuerza interior increíble.

Jarred había escuchado atónito la historia de su hijo. Mientras Durmas explicaba con detalle cada milímetro de su sueño, Jarred podía ver cómo un brillo bélico crecía en los ojos de su primogénito. Y no fue el único que le escuchó. El señor de la guerra se había tomado muy en serio lo de incluir al joven en sus filas, quizá fue por eso que el destino había llevado a un sacerdote tempusita hasta aquella ciudad, en viaje de peregrinación.

Willem, un humano ya entrado en años que había decidido utilizar lo que le restaba de vida viajando por el mundo propagando la fe del señor de la batalla, y que ni en sus más profundos sueños hubiese imaginado encontrarse allí a un elegido.

Lo acogió bajo su tutela y, a pesar de la poca predisposición de Jarred, juntos abandonaron las tierras de Belborp.
   - Estaré bien, padre. Siempre has deseado que encontrase mi camino y ahora por fin lo he hecho.
   - Lo sé hijo, es sólo que pensaba que lo encontrarías aquí…
   - Volveré para que estés orgulloso y veas en qué me he convertido.
   - Ya estoy orgulloso Durmas.

El abrazo de despedida quedó grabado en las mentes de padre e hijo. Pasarían mucho años hasta que volvieran a verse, muchos y largos años, cuando Durmas ya fuese más que adulto y su padre a penas pudiese dedicarle un suspiro más al mundo.
Pero eso es otra historia.


Los años junto a Willen pasaron raudos, sus enseñanzas fueron intensas, profundas y sacrificadas. Durmas tuvo que asimilar muchas cosas, aprender a luchar como un Tempusita, a hablar como un Tempusita, a moverse como un Tempusita.
Marcharon de pueblo en pueblo propagando juntos la fé que, poco a poco, se acomodaba con tranquilidad en el alma de Durmas y , con el tiempo, fue él el que llevaba la voz cantante y dejaba al viejo sacerdote en un segundo plano.
Quizá fue por ese ímpetu, por esa iniciativa, que Willem decidió compartir con él las plegarias sagradas que conectaban directamente con su fe.
Le enseñó qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo.
   - Si Tempus te cree digno, te responderá.
   - ¿Y qué sucederá cuando lo haga?
   - Eso es algo que tienes que ver por ti mismo.

Y no tardó en verlo, pues tras pocas dekhanas de rezos, de plegarias y de meditaciones, obtuvo la primera respuesta. Tempus le había rozado, le había dado un camino a seguir y ahora correspondía su fidelidad y confianza. Durmas ya no volvería a ser el guerrero, se convertiría en sacerdote, en clérigo… sería la nueva voz y los nuevos oídos del Martillo de Enemigos.

Al comienzo del vigésimo invierno que los ojos de Durmas habían visto, llegó el momento de la despedida. Los pasos de ambos sacerdotes habían llegado hasta la frontera de Puerta de Baldur. Allí, cuando el sol estaba en lo más alto, Willem se giró hacia su joven aprendiz y le sonrió por última vez.
   - La hora ha llegado, he aquí donde nuestros caminos deben separarse joven Durmas. La fe en ti es fuerte pero todo sacerdote ha de encontrar su lugar y su dominio. Puerta de Baldur es mi hogar, la vida se me escapa y aquí elijo terminarla. ¿Sabes ya dónde buscarás tu gran batalla?
   - Lo sé, maestro. Muchas historias he oído de las tierras de Amn durante nuestros viajes. Allí viajaré y comenzaré mi voto.
   - Amn es una tierra peligrosa y traicionera.
   - Entonces es el mejor lugar para mí, maestro.


Mientras el barco del puerto de Puerta de Baldur zarpaba, y Durmas le dedicaba un último adiós a su marchitado maestro, sintió por primera vez lástima por él. Los años habían sido largos y crueles, en sus ojos se veía la desgracia de haber llegado a anciano pues, como buen Tempusita, hubiese deseado morir en batalla antes que ser condenado por las arrugas, la enfermedad y la debilidad.

Al mirar hacia el océano, Durmas sintió una nueva energía en su cuerpo. ¿Qué proezas le esperaban allí en la ciudad de destino, Athkalta?

Eso, pensó mientras sonreía, sólo Tempus lo sabía.


viernes, 30 de octubre de 2015

Capitulo 04. Elegido


“Levántate”

El dolor en la cabeza y en el pecho era espantoso, sentía como si todos los huesos se hubiesen resquebrajado y cientos de astillas vagasen libres por mi interior desgarrando todo lo que encontraban.

“Levántate”

Aquella voz espectral llegó a mí como un susurro siniestro, un susurro que entró en mi cuerpo y lo recorrió sanando mis heridas. Abrí los ojos y observé mi alrededor desde el suelo. La nada me rodeaba, kilómetros y kilómetros de desierto rocoso con algunas mesetas de extrañas formas.




“¡Levántate!”

En esa ocasión el susurro fue más una orden, mi cuerpo reaccionó y me incorporé de un salto, mirando al frente con la esperanza de encontrar a la criatura que me hablaba mentalmente. Sentía el eco de aquella palabra perderse en el infinito pero sabía que sólo estaba en mi interior. Giré sobre mí mismo un par de veces y avancé sin rumbo buscando… algo.
Pero allí no había nada, sólo un mar de arenilla y roca que se desplegaba hasta más allá de donde mis ojos alcanzaban en todas direcciones.
   - ¿Dónde estoy? – me atreví a preguntar.
“En su dominio”
   - ¿Y eso qué significa?

El silencio me impacientó y seguí caminando sorteando piedras puntiagudas y escalando algunas formas rocosas hasta llegar a lo alto de una meseta donde tuve una mejor vista. Y lo que vi atravesó con fuerza mi alma y mi espíritu.
La guerra que había librado junto a mi padre en las puertas de Hl’uzhar era un juego de niños comparado con lo que allí había. Una encarnizada batalla donde el color predominante era el rojo carmesí, que bañaba todo lo que tocaba a su paso tiñendo el horizonte. Una y otra vez los combatientes caían derrotados, volvían a levantarse y al hacerlo embestían contra los que, segundos antes, eran sus aliados. Una y otra vez la lealtad era quebrantada. No existía fidelidad en tan encarnizado enfrentamiento.
Intenté apartar mis ojos de la cruenta pelea y busqué en el firmamento alguna otra cosa. Lo único que se veía era desierto, pero si se afinaba la mirada se distinguía en la lejanía una torre roja que se alzaba victoriosa.
   - ¿Dónde demonios estoy…?
“En su domino”
   - ¡¿Y eso qué significa?! – me giré buscando la voz, enojado por tanto misterio.

Sólo entonces comenzaron a formarse dos figuras que ascendían por la meseta, por el mismo camino que yo había tomado. La primera era un fornido elfo vestido con piezas de cuero manchadas de sangre, sus ojos brillaban con el conocimiento de siglos y su piel estaba llena de cicatrices. En su cinto yacían silenciosos dos estoques y en su espalda otros dos vibraban impacientes por ser desenfundados.
La segunda figura era un hombre gigantesco ataviado con armadura completa mellada y llena de sangre, seguramente debido a los miles de combates. En su mano portaba una gran hacha y la sangre corría por su filo goteando hasta el suelo. Sus brazos y sus piernas mostraban diversas heridas que lucía orgulloso y su rostro estaba cubierto por un casco cerrado. El inmenso humano se acercó hasta mi altura y señaló la batalla con el hacha. Yo volví a escuchar la voz en mi cabeza, y ahora que los tenía delante supe que el que hablaba era el elfo.
"Durmas, hijo de Jarred, éste es su domino. La guerra, la sangre, la muerte. El honor de vencer en cada victoria sólo lo saborean aquellos que lo merecen" – el humano cerró el puño frente a mi cara – "el resto son aplastados."
   - ¿Tú…? ¡¿Vos…?!

De pronto me di cuenta de lo que estaba pasando, no podía explicarlo pero era tan real como mis dieciséis años vividos. Miré a aquel inmenso humano parado frente a mí, con su gran puño metálico cerrado frente a mis ojos... El martillo de enemigos, el señor de la batalla, el Dios de la Guerra se alzaba magnánime frente a mí. Hinqué la rodilla en el suelo y agaché la cabeza mostrando todo el respeto que un Dios merecía, recordando sólo entonces que le había gritado…
"Levántate."

Aquella vez el elfo no tuvo que pedirlo dos veces, me incorporé en el acto pero no fui capaz de alzar la vista. Recordé por mis días de lectura que el gran Tempus nunca hablaba a aquellos a los que se presentaba, siempre utilizaba un guerrero caído digno de su reconocimiento para hacer de voz.
"Ha visto en su letargo tu sed y tu ansia, ha visto tu fuerza y tu anhelo, ha visto tu muerte y tu templanza. Observa ahora los guerreros eternos y responde. ¿Deseas vivir?"
   - Más que nada en este mundo… señor… - Tempus giró la cabeza hacia mí.
"¿Por qué?"
   - Yo… deseo ser un gran guerrero, librar batallas y sentir el acero en mis manos y el ardor de la batalla en mis venas – el martillo de enemigos me dio entonces la espalda y dos caballos, uno negro y otro blanco, aparecieron por la meseta.
"Entonces ve. Clama a los vientos la guerra, busca en el horizonte a los guerreros olvidados. Lucha y lábrate un destino como heraldo de la guerra. Sé uno más de sus muchos ojos y voces."

Tempus se subió a lomos del magnífico animal blanco, me dirigió una última mirada, encabritó a la bestia y corrió meseta abajo rumbo a la eterna guerra. El elfo se quedó allí conmigo, mientras el caballo negro me miraba.
   - ¿Este es…? – intenté recordar el nombre del caballo negro de Tempus, escrito en tantos manuscritos.
"Tú no eres digno de Deiros. Ninguno lo somos" – efectivamente, al fijarme más en el caballo me di cuenta de que no era tan magnífico y deslumbrante como el blanquecino que se había lanzado hacia la batalla.
   - ¿Qué debo hacer ahora? - el elfo materializó una hacha de batalla en sus manos y me la tendió
"Este es su símbolo. Pórtalo con orgullo y no permitas que su filo toque nunca el frío suelo. Alza tu voz y lleva su dogma a todo aquel que sea digno de escucharlo. Ahora levántate, Durmas hijo de Jarred" – el elfo se subió a lomos del caballo negro, lo encabritó también y dirigió las patas del animal hacia mí.

Me protegí con el hacha y cerré los ojos esperando el golpe, que fue simplemente un sonido hueco sobre mí.
“Levántate. La mano de Tempus te ha elegido”



Cuando abrí los ojos, el dolor en la cabeza regresó, la sangre en mi boca despertó un desagrado en mi estómago al saborearla y los gemidos que me rodeaban me desconcertaron. Me incorporé levemente y descubrí que estaba bajo techo, en algún templo dónde habían reunido a los heridos.
El rostro de mi padre fue lo único que reconocí entre tanta gente.
   - ¡Durmas!
   - Padre… ¿qué ha pasado?
   - ¿qué ha pasa….? ¿qué ha…? ¡Lo que ha pasado es que te di una orden muy sencilla y la desobedeciste deliberadamente!
   - Jarred, no es momento de echarle la bronca al crio – sonreí y volví a tumbarme.
   - No importa, puede reñirme…  era mi destino.
   - ¿Tú destino? Aún deliras hijo…
   - No… ahora ya sé lo que debo hacer… ahora ya sé quién soy – cerré los ojos y caí en un sueño profundo.

Mientras la consciencia se me escapaba escuché una última frase de los labios de mi padre. Una frase que me hizo sonreír aún más.

   - Duerme hijo… luego ya me explicarás de dónde has sacado ese hacha…

jueves, 22 de octubre de 2015

Capitulo 03. Batalla

Sangre y muerte eran lo único que se hallaba frente a las puertas de Hl’uzhar. Sangre que manchaba de rojo carmesí la tierra y la hierba que los diestros guerreros pisaban; muerte que se dejaba oír como un leve susurro que recorría insaciable el campo de batalla.

Uno a uno fueron cayendo, uno a uno fueron expirando su último aliento mientras sólo quedaban en pie los más duros, los más fuertes… los mejores. Y entre todo el caos, entre toda la muerte, entre los cuerpos mutilados, desgarrados, ensangrentados y deformes luchaba con valentía y esmero el joven humano de apenas 16 inviernos, un joven al que le habían prohibido ir y, sin embargo, al que agradecían que estuviese allí en ese momento.

Los ojos de Durmas y su padre se cruzaron una sola vez, suficiente para que el hijo supiese que el padre no estaba contento con su presencia, suficiente para que el padre supiese que el hijo estaba tan loco como él.
Los gritos, en ocasiones, eran ensordecedores. Tanto aliados como enemigos gritaban con fuerza en cada carga, en cada golpe y en cada herida. Durmas lanzaba su hacha con fuerza y precisión a aquellos a los que encontraba, aguantaba los golpes resguardándose bajo su escudo y se movía con inteligencia a lo largo del campo.

Encontró un zhent encapuchado que le miró serio, sin duda analizándole. Entre el barullo aquel extraño se detuvo con la parsimonia de un bloque de hielo y movió con gracilidad sus estoques en las manos. Sonrió con una frialdad y determinación escalofriante y esperó que Durmas reaccionara. El joven humano lo analizó también con toda la rapidez que pudo. Le sacaba una cabeza de altura pero los músculos marcados en su fina figura denotaban la fuerza que probablemente tendría, parecía más un muchacho que acabara de salir de la escuela que un sanguinario enemigo, pequeño y delgado… ¿un elfo quizá? Sus estoques estaban bien cuidados y el líquido rojo descendía por el filo tiñéndolo del color de la sangre, se colocó en posición defensiva y Durmas atacó.
Justo antes de alcanzarle el zhent giró sobre sí mismo, sorprendiendo a Durmas, golpeándole en la espalda con ambas armas. Sintió el filo chocar contra la armadura, frenó en seco y al girar interpuso el escudo entre él y la nueva estocada del enemigo mientras que con la otra mano lanzaba el hacha sobre el pecho del zhent, que lograba esquivarlo gracias a una destreza envidiable. Rodó por el suelo y se quedó agazapado a un par de metros de Durmas, la capucha se le deslizó hacia atrás y sus orejas puntiagudas quedaron al descubierto mientras sus ojos verdes brillaron en un destello asesino.


No muy lejos de aquella batalla, otra de igual magnitud se libraba, pues Jarred luchaba con esmero contra un semiorco que intentaba abatirlo con un inmenso espadón. El capitán de la milicia de Bulborp ridiculizaba a la enorme criatura esquivando con elegancia cada uno de sus golpes, lo que enfurecía cada vez más al semiorco que se ponía nervioso y volvía a fallar.
Y a varios metros de ellos, otros tantos milicianos combatían con orgullo y precisión mientras los zhents iban retrocediendo conscientes de que los superaban.

Sin embargo, aquel elfo no cesó en su empeño a pesar de ver cómo sus compañeros se replegaban. Sujetó con fuerza sus estoques y se abalanzó contra Durmas, pero en esa ocasión el joven estaba preparado, esquivó el ataque y golpeó con el hacha en su pecho. El elfo vio venir el arma y se protegió con los brazos, lo que le obligó a soltar ambas armas, y gimió rudo cuando el filo desgarró la carne de su brazo derecho.
Durmas sonrió, ahora el enemigo estaba herido y desarmado, pero aquel zhent era más inteligente de lo que aparentaba. Tomó carrerilla hacia Durmas, agarró mientras corría una maza ensangrentada que había en el suelo, dio un salto hacia el tronco de un árbol y se ayudó de él para abalanzarse de nuevo, desde las alturas, hacia el joven.
Sorprendido, lo único que se le ocurrió a Durmas fue protegerse con el escudo. Se agachó y colocó la protección justo sobre su cabeza en el preciso instante en que el zhent arremetía contra él. El escudo lo protegió del golpe, de ese y del siguiente… y del siguiente… y del siguiente. Durmas creyó que nunca cesaría de golpear y tras varias arremetidas se dio cuenta que el escudo empezaba a abollarse. Debía hacer algo, no podía quedarse en esa posición esperando que el elfo se cansase.
De modo que tomó una decisión. El siguiente golpe fue fuerte, cargado de rabia y de ira, cuando el elfo alzó la maza de nuevo Durmas utilizó todo el peso de su cuerpo para alzar el escudo y golpearle en la cara con él, pero el zhent fue más rápido, esquivó el movimiento y al ver a Durmas totalmente desprotegido le golpeó con un ansia cruenta en la cara, lanzándolo hacia el mismo árbol donde, momento antes, se había apoyado.

El dolor fue horrible, cuando Durmas escuchó cómo su mandíbula se fracturaba pensó que no existía dolor más profundo, pero el golpe seco en la cabeza al chocar contra el árbol fue su perdición, pues el dolor profundo le atravesó por la columna y se escapó hasta los dedos de los pies.

Cayó al suelo de cara, hundiendo el rostro en la tierra manchada de la sangre de los enemigos, de los aliados y ahora de la suya. Entonces sintió aquella maza de nuevo caer con fuerza sobre su cabeza… y el mundo se tornó negro.



jueves, 23 de julio de 2015

Capitulo 02. Destino



   - ¡¡Golpead!!
   - ¡Ha!
   - ¡¡Golpead!!
   - ¡Ha!
   - ¡¡Golpead!!
   - ¡Ha!
   - ¡¡Golpe…….. ar?? ¿Durmas?
   - ¡Señor!
   - Hijo… ¿qué haces aquí?
   - ¡Entrenar duro, señor! – el capitán de la guardia, Jarred, se agachó junto a su hijo, una criatura de siete años que llevaba enfundada una espada de madera y se había hecho una armadura con piezas rotas y desechadas por los herreros de la aldea.
   - Durmas… eres muy joven aún para alistarte – el pequeño se acercó un poco hacia su padre y bajó la voz.
   - Pero papi… puedo hacerlo – la fila de guerreros experimentados que permanecían allí sonrió con orgullo al ver tanta disposición en un niño de tan corta edad.
   - No lo dudo, hijo, pero aún eres muy… bajito – se escuchó un carraspeo y todos los guerreros se cuadraron, incluido Jarred y su hijo.
   - Vaya, ¿así que este es el pequeño valiente que va a defendernos? – su sonrisa fue amistosa. Eran fieros en la batalla y duros en la defensa, pero toda la milicia de Bulborp admiraba la valentía y entrega de Durmas.
   - General, me temó que tardará uno años en poder lucir los colores oficiales.
   - Bueno, no tiene por qué, tengo algunos trabajillos que quizá el joven Durmas esté dispuesto a hacer… por la milicia.
   - ¡Oh sí, sí! ¡Lo haré bien! – el general rió con ganas y sacó un pergamino de su zurrón.
   - Muy bien, joven, demuéstrame entonces que mereces un lugar entre estos hombres – Durmas cogió el pergamino cuando el general se lo tendió y salió corriendo de vuelta a las murallas que protegían el pueblo.
   - Perdonad a mi hijo, señor, es muy joven… no tardará en regresar para que le digáis a dónde debe llevar vuestro mensaje.
   - Eso es lo más interesante de tu hijo, Jarred, no hace falta decirle dónde ir pues él ya lo sabe.

Y así era, Durmas sabía perfectamente dónde ir cada vez que el general le daba un mensaje, sólo tenía que mirar el tipo de sello con el que firmaba y en ese instante conocía su destino. Y del mismo modo que conoció el primero, conoció todos los demás.

Los años fueron pasando con tranquilidad en la aldea de Bulborp, un pequeño pueblo en las Tierras Centrales Occidentales. La milicia mediana dejó de sorprenderse al ver al joven Durmas corretear de un lado a otro del pueblo, y la milicia humana disfrutaba de su compañía mientras él, poco a poco, iba pasando de ser un niño a ser un adolescente.
De este modo, en la víspera de su decimosexto cumpleaños, llegó la guerra. La ciudad cercana de Hl’uzhar sufría asedio de los zhents que intentaban, como muchos ilusos lo habían intentado antes, tomar la pequeña ciudad. La misiva llegó en forma de carta y la milicia humana de la aldea partió de inmediato hacia el sur de las Colinas Lejanas, dispuesta a combatir.
   - ¡No es justo!
   - No se trata de justicia, Durmas. Eres muy joven.
   - ¿Qué tiene que ver la juventud con el poder? Sabes perfectamente que soy capaz, padre.
   - Nunca he dicho lo contrario, pero tu adiestramiento aún no ha concluido y no estas listo.
   - ¿Según quién?
   - Según la ley.
   - La ley… eso tan solo es unas pocas directrices.
   - La ley es lo que hace que este pueblo siga de una pieza, si no entiendes eso entonces desde luego que no estás listo.
   - Por favor, padre, no me dejes aquí… - Jarred se giró hacia su hijo mientras tomaba el casco cobrizo y lo colocaba bajo el brazo.
    - Tu tiempo llegará, hijo.

Y así, mientras la milicia partía hacia su destino, el joven Durmas se quedó en las puertas observando cómo los guerreros iban desapareciendo en el horizonte, con el puño apretado y el fuego ardiendo en su interior, pero no era un fuego de ira o de rabia, era un fuego de deseo y de coraje… quizá también de estupidez.
Bien sabía Durmas dónde guardaba su padre la antigua armadura, y sólo por eso se atrevió a buscar la puerta oculta de su hogar, abrir el armario empotrado donde guardaba con recelo la vestimenta y quitarla de su sujeción.

Mientras se la ponía, sabía que su padre se enfadaría, sabía que le gritaría y que se llevaría un buen castigo, pero no le importaba, quería luchar, quería pelear y quería demostrar que no existía enemigo alguno en el reino que pudiese con su espíritu.
Al anochecer se escabulló de las miradas medianas y atravesó las puertas del pueblo sin ser visto. Conocía el camino a Hl’uzhar, no estaba lejos, pero tardaría algunas horas en llegar.
Caminar con la armadura de su padre era incómodo, le venían grandes algunas piezas y paraba a menudo a ajustarlas cada vez que se le descolgaban, pero finalmente llegó a la batalla, desenganchó del cinto el hacha que el armero le había regalado años atrás y observó el campo.

Sin duda era una imagen desoladora, habían muchos más cuerpos de los que pensaba, los miembros cercenados yacían a escasos metros de sus antiguos portadores y la sangre bañaba el campo, la tierra y la hierba. Los gritos de ánimo se mezclaban con los de angustia, acompañados por el clásico sonido de las armas entrechocar. Las imágenes de zhents degollando guerreros, o milicianos que defendían la ciudad arrancando las vísceras de sus contrincantes con sus armas, o incluso enemigos violando a las mujeres guerreras muertas… o no tan muertas… eran desagradables, mucho más de lo que Durmas hubiese pensado. Pero aquello no lo frenó, sabía lo que debía hacer, sentía el fuego latir en su interior y la sed de golpear.


Quizá por ello sólo sonrió y cargó contra el primero que tuvo al alcance.

martes, 14 de julio de 2015

Capitulo 01, nacimiento.



   - Vamos cielo, respira hondo, así, despacio, agarra mi mano y respira hondo…

Dicen que cuando una mujer está a punto de morir hay un brillo especial que se refleja en sus ojos, dicen que justo antes de exhalar su último aliento el brillo se intensifica y a veces la pupila queda anulada por el haz de luz que hay en su interior…

   - Venga, tienes que empujar, cielo, es importante que empujes…
   - Traedme más paños, ¡Más paños!
   - Tranquila, respira hondo, todo saldrá bien…

Dicen que a veces es el cuerpo el que se rinde antes que la mente, y que, por mucho que se intente, no hay forma alguna de convencerlo, dicen que cuando eso sucede el rojo carmesí es lo único que surge de la carne derrotada.

   - ¡¡Mas paños maldita sea!! No podré para la hemorragia…
   - No, cariño, no cierres los ojos, ábrelos, así, mírame… míram…
   - ¿Si lloras qué mierda de ayuda vas a darle? ¡¡Juro por todos los dioses que si no me traéis más paños os rebano la cabeza a todas!!
   - ¡¿Y qué propones?! ¡Nosotras estamos aquí aguantando la puerta! Si quieres los dejamos entrar y que te den paños ellos.
   - ¡Dejad de discutir, por los dioses! Vamos, cielo, no dejes de mirarme, así… respira hondo.
   - Que empuje.
   - ¿Ya? No sé si tendrá fuerzas…
   - ¡¡Que empuje!!

Dicen que cuando un niño sale del vientre de su madre la desgarra por dentro y por fuera, un dolor tan atroz y tan impotente que gritar es la única válvula de escape de ella, dicen que si todo sale bien la criatura sale como si un jabón se te escurriese de las manos, que el dolor intenso mengua y que el recién nacido llora… eso dicen, si todo sale bien…

   - Cariño, tienes que empujar, ahora ¿de acuerdo? Empuja, vamos.
   - Que no grite, si grita la oirán.
   - ¿Ni siquiera eso vas a concederle?
   - Si quieres que los bárbaros entren déjala que grite, moriremos todas o peor aún, dentro de nueve meses estarás tú en su situación. ¡Que empuje y no grite!
   - Cielo… ya has oído a la vieja gruñona… empuja cielo, pero no grites… toma, muerde este palo, muerde con fuerza… ¡Empuja!
   - Necesito más paños… esto es horrible… se desangra Irisae, se desangra… ¡que empuje!
   - ¡Eso le he dicho! Ciel…. ¿cielo? ¿Evelin? ¡¡¿EVELIN?!!
   - Se acabó, hay que abrirla.
   - ¡¿Abrirla?! ¡¿Estás loca?! ¡No lo soportará, se terminará de desangrar y morirá!
   - Ayúdame o apártate, Irisae… dadme esa daga.
   - ¡¡NO!! ¡Morirá, Kassandra! ¡¡Morirá!!
   - ¡¡Maldita sea Irisae, ya está muerta!! ……………. Dadme esa daga, ¡ahora!

Dicen que la noche de mi nacimiento fue la más roja de los últimos años, dicen que el olor a carne quemada y a sangre bañaba toda la aldea. Dicen que los bárbaros del este intentaron asediar el pueblo y que cuando entraron arremetieron contra todo lo que encontraron. Dicen que la milicia los contuvo con fuerza y aplomo. Dicen, que no entienden cómo oyeron los gritos entre tanto jaleo.

   - ¡Ah! ¡Golpean con fuerza Kassandra! ¡¡Van a entrar!!
   - ¡Moriremos todas! ¡¡Aaah!
   - ¡Silencio malditas abuelas!
   - Sácalo Kassandra, sácalo ya.
   - ¡Si no te callas no puedo! Asi… ya está… ya está…

“BOOOM”


Dicen que cuando los bárbaros encontraron al grupo de comadronas, la imagen de mi madre muerta bañada en su propia sangre los paralizó un segundo, y que ese segundo fue suficiente para que casi una decena de medianos y humanos de la milicia acabaran con sus vidas antes de que pudiesen hacer nada a las mujeres que me ayudaron a llegar a este cruel mundo.
Dicen que cuando mi padre llegó al lugar, abrazó con fuerza el cuerpo sin vida de su esposa y la lloró en silencio durante horas, mientras su sangre se mezclaba con la de los bárbaros que mi padre había derrotado fuera del pueblo.
Dicen que aquella noche murieron muchos, tanto bárbaros como milicianos, algún pueblerino y algunas reses… pero que entre tanta muerte y sangre yo fui el único que nació.

Dicen que mi padre me tomó entre sus brazos cuando su mente le obligó a soltar el cuerpo inerte de mi madre, me tomó con cariño y me besó la frente ensangrentada. Dicen que entre lágrimas me llamó Durmas, el nacido de la sangre.




Eso dicen…

Seguiremos soñando

Seguiremos soñando

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