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viernes, 24 de septiembre de 2010

IV. El Lamento (final)




Enredaba los dedos en su pelo, tirando con delicadeza de algún mechón, mirándole sonriente. Él, ajeno a mis caricias, totalmente sumido en el sueño profundo propio de los humanos, respiraba tranquilo apoyado en mi pecho, abrazándome protector.


Besé con dulzura su frente mientras entonaba una suave melodía apenas perceptible. Mis años de trovadora habían quedado atrás pero el sentimiento afloraba en más de una ocasión y surgía solo de mis labios.


La oscuridad de la noche traía consigo una paz relajante en aquella pequeña habitación, paz rota tan solo por nuestra respiración. Él abrió los ojos y me miró sonriendo, estirando su cuerpo adormecido, recuperando la movilidad de su musculatura. Volví a besarle y nos dejamos llevar por una unión que no parecía tener fin.


El silencio fue quebrantado por un cántico lejano, la voz de una mujer se escuchó temblorosa como un eco, un lamento hecho melodía que, ambos, escuchamos con sorpresa. Aquel llanto se adueñó de nuestros corazones haciéndoles sentir la agonía, la duda y el temor de toda nuestra existencia.


Un brillo rompió la leve oscuridad del cuarto, y miré en dirección al pequeño mueble, donde el arco y los estoques descansaban con tranquilidad. Mas fue uno de ellos el que volvió a brillar, el extraño estoque conseguido gracias a un arpista que detestaba, el estoque guardado en aquella vaina blanca.


Las guardas del estoque brillaron ligeramente, contrastando con la luz que las velas arrojaban sobre el marfil. El brillo, se acentuaba y atenuaba, respondiendo al canto triste y al lamento de la mujer, cuyas lágrimas parecían dibujarse en las guardas del arma.


Dudosa al principio y decidida después, alargué las manos hacia el estoque y lo tomé con extremada precaución, sosteniéndolo con cuidado, observándolo. Tan solo hizo falta el leve roce de mis dedos para que el dolor y la angustia se apoderasen de mí. Lo acerqué a mi pareja y en ese instante las chispas nos rodearon, varios rayos cayeron sobre nosotros, obligándonos a cerrar los ojos, sorprendidos.


Y al abrirlos… todo había cambiado. Las pareces se habían estrechado y transformado en roca, la temperatura subió considerablemente y la voz que antes lloraba a través del estoque, se escuchaba ahora en la lejanía, en algún punto en el lugar donde, de alguna forma, nos habíamos teleportado.


Connor me miró extrañado aunque no sorprendido, ya le había puesto al tanto de mi “viaje” con Rael, cincuenta años atrás, al Castillo Puerta del Infierno. En aquella ocasión, las dos estábamos protegidas por un aura a nuestro alrededor… pero ahora… parecía tan real…


Todo estaba vacío, caminábamos en silencio por aquellos pasillos de piedra, ignorantes de lo que nos esperaba más allá de dónde podíamos ver, atraídos por un cántico lúgubre y melancólico, que atravesaba nuestro pecho y nuestra alma, haciéndonos sucumbir también al dolor y la pena. Angustia, tensión… la misma sensación saboreada antes de morir por aquel que se sabe condenado.


Pasillo recto, largo dónde los hubiera… y al girar la esquina, de la nada, casi aparecidas del vapor, seis súcubos que susurraron al aire haciendo aparecer a sus fieles convocaciones. Connor apenas tuvo que esforzarse para acabar con ellas. Yo tan solo podía mirar el cristal rojizo que se hallaba suspendido en el aire tras nuestras enemigas mortíferas, ni siquiera me di cuenta de las enredaderas que me rodeaban hasta que el grito del maestro de guadaña me sacó de mi ensimismamiento.


No se escuchó nada, ni un grito, ni un golpe… solo nuestras voces y el canto de aquella fémina, que seguía retumbando por aquellos pasillos mientras los cuerpos de las súcubos se desvanecían entre chispas frente a aquel cristal rojizo.


Lo miré de reojo al pasar por su lado, pero no le presté mayor atención que esa. Sin embargo, el gruñido de Connor me hizo detenerme mientras él hundía su mirada en la forma romboide del cristal. Desvió la mirada hacia mí, clavando sus ojos tristes y preocupados en mi figura.

- Déjame ir delante… ¿quieres? - asentí y me acarició el brazo al pasar por mi lado, yo le miré extrañada.


Las hordas de súcubos nos asaltaron de nuevo y una vez más acabamos con ellas, sorprendidos, alterados y cada vez más hundidos en una pena que ni siquiera era nuestra.

Connor se sujetó la cabeza como si le doliese horrores y me miró preocupado. Más allá de él, el rugido de cuatro Baalors hizo que mi cuerpo entero se estremeciera.

- Alu… - me acarició la mejilla.

- Casi no sobrevivo a uno… ¿cómo diantres se supone que vamos a enfrentarnos a cuatro? – miré enfadada el estoque y escuché dolida el lamento que susurraba por la estancia. Connor cogió mi mano y la apretó con fuerza, frustrado.

- Alu… tengo la impresión de que algo malo va a suceder… ese cristal… cuando lo he mirado…

- ¿Qué has visto?


Frente a nosotros se alzaba un puente que cruzaba un mar de lava candente, las gotas salían despedidas a nuestro alrededor, sin tocarnos ni herirnos, pero el calor era casi asfixiante y el cántico deprimente no ayudaba a pensar.


Vi el miedo en los ojos de Connor, mas no era temor por la lucha… ni siquiera por las criaturas que nos esperaban más allá de ese puente. Temía por mí.

Giré sobre mis talones y me dirigí hacia el rojizo cristal flotante. Lo miré, lo miré fijamente y con decisión.

Poco a poco la nieblilla que contenía fue tomando forma hasta construir una imagen, una mano… un brazo… el brazo de Connor, extendido e inerte en tierra con su brillante guadaña ensangrentada junto a él.


Me aparté de aquel objeto luchando por borrar esa imagen de mi cabeza, pero la duda y el miedo se hizo hueco. Ni siquiera sabía si lograríamos salir de allí.

Sentí los brazos de Connor rodearme y su cuerpo apretarse al mío. Le devolví el abrazo aunque fui incapaz de deshacerme de la tensión.

- Estas son la clase de cosas que suceden por querer ayudar a todo el mundo… debí ensartarle el estoque a Astarte en un ojo cuando pude.


Él sonrió y se apartó ligeramente de mí, mirándome con cariño. Fue solo un segundo el tiempo que tuve para perderme en sus ojos, sólo un segundo, antes de que su armadura se rasgase por completo, salpicándome la cara de sangre… su sangre, mientras se derrumbaba en el suelo con el rostro desencajado.


Mi pelo comenzó a gotear aquel líquido carmesí y yo tan solo pude quedarme mirando su cuerpo inerte frente a mí. ¿Así iba a acabar todo? ¿Tan fácil? ¿Tan rápido? ¿Tan solo una leve mirada antes de perderle para siempre? Mis ojos se llenaron de lágrimas, aunque yo era incapaz de darme cuenta, tan solo podía sentir el sabor metálico de la sangre en mis labios… último recuerdo que me llevaría de él.





Sentí un chasquido de dedos frente a mí y enfoqué la mirada. Connor me miraba extrañado. El cuerpo sin vida del hombre que amaba había desaparecido, la sangre ya no hacía palpitar mi rostro y el sabor en mi boca había desaparecido. Allí tan solo estaban sus ojos, mirándome con preocupación. Le abracé y lloré confundida, sin entender qué o quién era el que me había sometido a tal tormento.

- Ya está… tranquila – Connor acarició mi pelo y susurró palabras de aliento, tratando de calmarme. Yo me sentí perdida, sin ánimo ni fuerza para seguir - ¿También lo has visto? ¿Dentro del cristal?

- Acabas de morir frente a mis ojos… sin más…

- ¿Qué dices? Si no me he movido de aquí… Te has quedado pálida de pronto y no reaccionabas – desvié la mirada hacia el cristal y Connor sujetó mi barbilla obligándome a mirarle – Ya hemos mirado ahí dentro suficiente.


Echó un vistazo alrededor barajando las posibilidades. Tras un par de minutos me cogió de la mano y me miró decidido.

- Creo que debemos continuar.


Le miré no muy convencida pero le seguí. Mientras cruzábamos el puente y las figuras de los Baalors se hacía visibles, una fuerza mayor me hizo aferrarme a la empuñadura del estoque, mis dedos se ciñeron a él por pura atracción y, aunque no rocé ni una sola vez a ninguno de los gigantes ardientes, luché decidida con él.


Pensé que debería dar gracias a Selune cuando todo terminase, por tener un guerrero como Connor a mi lado día y noche.

- Sigamos adelante – él estaba más animado, la pelea había costado pero los habíamos derrotado, y esa pequeña victoria provocaba en Connor algo de esperanza – Sea lo que sea lo que nos espera, es inevitable.


Atravesamos un par de pasillos más, algunas salas vacías y un par de puertas con inscripciones desconocidas para ambos. Al final, todo desembocaba en una sala gigantesca, desde la cual se oía perfectamente el canto de aquella mujer.

Entrecerré los ojos distinguiendo dos figuras entre el vapor del fuego y allí, de rodillas alzando su lamento al aire, estaba Tormenta Manoargentea, sujetando con dolor la mano de su amado, Maxam, cuyo cuerpo inmóvil yacía frente a ella, dando sus últimas bocanadas de aire.


Dos pasos más hicieron falta para ver, algo más lejos de ellos, una inmensa figura que se alzaba tranquila, como si esperase algo. Un demonio de dimensiones incalculables, de un tamaño que yo jamás hubiera visto.

Mi cuerpo se congeló, a pesar del calor que hacía, cuando el demonio desvió sus rojizos ojos hacia nosotros. A pesar de su fría mirada, conseguimos acercarnos a la pareja buscando alguna forma de ayudar al arpista.


Su armadura estaba completamente desgarrada, mostrando tres grandes agujeros en el abdomen. La sangre inundaba el suelo mientras Tormenta seguía cantando, derramando lágrimas sin percatarse de nuestra presencia. Sólo tenía ojos para su amado, que se le escapaba entre los brazos.


La impotencia nos invadió, nada había que pudiéramos hacer por ellos, más aún tras darnos cuenta que sus cuerpos parecían no estar allí, parecían casi etéreos… como una ilusión más dentro de aquella pesadilla.

De entre el silencio que aquella canción imponía en todo lo demás, los labios de Maxam susurraron un “te quiero” y sus ojos se cerraron dejando escapar su vida. La voz de Tormenta se quebró, el canto se interrumpió y rompió a llorar hundiendo la cabeza en el cuello del arpista.


Yo no pude contenerme y rompí a llorar también, recordando la imagen de Connor desplomándose, intentando soportar lo que sería la agonía de perderle.

La voz gutural del demonio remplazó el réquiem de Tormenta al pronunciarse.

- Muy entretenido, viniendo de una de las hijas de Mystra.


El estoque de Maxam, latente en el suelo, brilló sincronizándose con el fulgor de las guardas del arma gemela que portaba en mi cinto, arma que se desvaneció sin previo aviso.

- Juguetes nuevos – dijo el inmenso demonio girando su cuerpo hacia Connor, mirándole con diversión - ¿Durarán más que el último? – extendió sus alas al máximo y encaró al guerrero.


Las guardas del estoque de Maxam volvieron a refulgir, con más intensidad. Tormenta, a pocos metros de él, repasaba con un dedo, en un último adiós, la mejilla de su amado, sin dejar de llorar, desconsolada.

- Humanos…débiles y arrogantes… Estáis en mi hogar ¡y aquí pereceréis!

- ¿Qué quieres de nosotros? – Connor estaba en guardia, esperando el primer ataque de aquel ser infernal. La criatura lo miró y rió goloso.

- Me pregunto si esa otra hembra llorará tanto por ti – me miró divertido - ¿Llorarías tú tanto por la pérdida de tu hembra?


Llevé mi mano al arco, dispuesta a apuntarle y disparar, demostrarle la arquera que había en mí, hacerle tragar sus amenazas. Pero el cántico volvió a mis oídos, la suave melodía cautivó mi alma y mis ojos se dirigieron solos al estoque latente en el suelo.


Quizá fuera una locura… quizá sólo era otro maldito sueño. Pero algo, quizá los dioses, me impulsó a coger aquella empuñadura, dirigir su filo hacia el demonio y liberar el poder casi marchito en él.






El cántico triste no cesó durante la batalla, pero por alguna razón aquel lamento ahora nos daba fuerza y debilitaba a aquel demonio. Sus garras se hundían en nosotros pero no había herida alguna cuando se separaba. Su cuerpo sin vida cayó a nuestros pies tras un largo combate, desapareciendo junto con la elegida de Mystra y el cadáver de su amado tras un largo chisporreteo.


La espada cesó su canto y yo, llena de tantos sentimientos enfrentados, lo único que necesitaba hacer, era besar a Connor.

Nos fundimos en un beso convirtiéndonos en uno solo, le sentí más cerca que nunca y esa sensación hizo mella en mi alma, nunca, jamás podría soportar perderle. Jamás nadie me apartaría de él.






Al abrir los ojos y mirarle, las paredes de piedra se habían desvanecido, y la pequeña y oscura habitación volvía a encerrarnos. Fuera, seguía siendo de noche, las velas apenas se habían consumido y las sábanas seguían igual de revueltas que cuando habíamos desaparecido.

Ya no había tensión, ni miedo, ya no reinaba aquel sentimiento de pérdida y frustración. Ahora, lo único que había era el amor inmenso por aquel humano que se hallaba frente a mí, un amor demostrado en un nuevo beso que hizo arder nuestros cuerpos; un beso que jamás podría enfriarse.






La vaina blanca reposaba ahora en mi cintura, bien sujeta y bien controlada. El estoque que había empuñado frente aquel demonio había regresado aferrado a mi mano. Ahora, el alma de Maxam y el amor de Tormenta palpitaban con fuerza en él. Un arma de la que nunca me desharía, un arma que me acompañaría hasta el fin de mis días. Una melodía que sonaría como un susurro tras mis pasos.


Un cántico que jamás sería olvidado.

sábado, 31 de julio de 2010

III. Los arpistas




ARPISTAS


“De un pasado cercano… de un exilio olvidado… ella volverá…”



La multitud que aquella noche se reunía al norte de Nevesmortas empezaba a ser común en las últimas dekhanas. Aluriel ya no entendía qué clase de aventureros regentaban el reino últimamente, demasiado alocados o demasiado infantiles. Poco le importaban ya las gentes de la villa, su mente y su corazón solo estaban ocupados por la Flecha del Destino, único lugar en el que podía sentirse a gusto y al que podía llamar hogar.


Observó sin mucho interés a los presentes. Syra con su memoria perdida, Devoto ocultando sus sentimientos de forma poco convincente intentando hacerla recordar, Nela lloriqueando tras la hoguera mientras Jacob intentaba arrancarle una sonrisa, un tal Arfrid amenazando con quitarse la vida mientras algunos intentaban impedirlo… mirase donde mirase no veía ninguna situación que le produjese el deseo de participar. Ella solo estaba allí por Connor.


Muchos eran los que murmuraban que el aura del maestro de estoques la había absorbido. Quizá tuvieran razón, pero a ella poco le importaba lo que los demás pensasen.


La lluvia cobró fuerza y los rayos les acorralaron. Quizá Talos también se había cansado de las tonterías. Con suerte alguno caería sobre ellos y Aluriel podría dejar de escuchar alguna conversación estúpida.

- Vayamos a la sede – le susurró Connor mientras giraba sobre él mismo dispuesto a irse. Cuando la elfa hizo lo propio sus ojos se clavaron durante un segundo en el gnomo arcano recién llegado, silencioso e inadvertido por todos, algo muy poco común en él.


Recordó en ese momento su enfado, su discusión y su rechazo, después de tanto tiempo, por su preciado Tuii.



“El cartel que había colgado en el tablón de la ciudad se movía con lentitud impulsado por la suave brisa. Sobre la firma perfectamente trazada de la hermosa elfa, dos líneas habían sido escritas. Un mensaje sencillo y disimulado que tan solo captaría la atención del remite… pero no, el gnomo tenía que hacer de las suyas.


*Al caballero Damián Astarte: si diera la casualidad de que visita la villa, sabed que necesito reunirme con vos*

*…un estoque precioso, por cierto!! Fiuuu!!! Debió costarte un fortunón!! ^_^*


Varios mensajes más en el tablón hicieron falta para conseguir que el gnomo dejase de hacer de las suyas. El resultado fue un disgusto importante por parte de la Guardiana, cansada ya de las sandeces del gnomo, de su manía de meter las narices en todo y sobretodo, sobretodo, de la extremada falta de discreción de la que era capaz.


Con lo listo que era para algunas cosas… y lo rematadamente idiota que podía resultar en otras.


Esto había sido la gota que colmaba el vaso, se había cansado. Le adoraba por encima de todas las cosas y sabía que iba a costarle, pero necesitaba saber si podía darle una lección. Recordó la forma en la que el elfo pelirrojo más le había dañado, recordó el vacío y la decepción en su voz queda y en la evidencia de borrar su nombre del recuerdo. De modo que hizo lo mismo. No volvió a pronunciar el nombre del gnomo desde ese instante.”



Y al verle allí, tan calladito y serio, supo de alguna forma, que estaba funcionando.


Connor la empujó sutilmente y se puso tras ella. Aluriel se giró y observó con indiferencia la figura de Syra apuntándola. Fue rápido, la elfa descolgó su arco y el brillo de los arqueros arcanos se reflejó en sus ojos negros, que miraron a la humana con frialdad y decisión. Muchos fueron los que se pusieron en medio intentando disuadirla mientras gritaba al viento frases que, sin duda, reflejaban que su conciencia vagaba perdida. Esa tal “Dama Oscura” la poseía.


Situaciones caóticas a las que la Guardiana poca atención prestó, su brazo solo se relajó cuando Syra desapareció de su vista. No le importó mucho lo sucedido después… Devoto cayó al suelo, Syra volvió en sí… algún “te quiero” susurrado entre ellos… Todo perdió importancia cuando las puertas de la villa se abrieron y el destello rojizo inundó la escena.


- Astarte…


Tras escucharle decir demasiadas estupideces, y preguntarse cómo Claire podía soportarle cada día, se acercó a llamar su atención…


……….


….. algo de lo que se arrepintió casi al instante…


- ¡¡¡Hola cielo!!! ¿Por fin has decidido salir conmigo? – todo el cuerpo de Aluriel se tensó y luchó con todas sus fuerzas por eliminar la gratificante imagen de ella estrangulando al elfo.

- Astarte, necesito hablar con vos.

- Claro cariño, dame un segundo que averigüe qué sucede por aquí.

- Astarte… es importante – el elfo la miró y sonrió con esa picardía con la que tanto le gustaba provocar.

- Vaya… ¿por fin te has decidido? ¿Te casarás conmigo entonces? – se arrodilló frente a ella – Dime, ¿Querrás hacerme el hombre más faliz?


Aluriel pudo sentir la ira contenida de Connor, sus ojos clavados en el elfo mientras, posiblemente, afilaba la guadaña en su mente. Ella se limitó a descolgar el preciado estoque y colocarlo frente al rostro del bardo.

- ¿Uh? Bueno, bueno, con un “no” hubiese bastado.

- Astarte… tenemos que hablar.

- Claro mi vida, ¿cuánto dinero necesitas? – abrió una bolsita con oro – Ya sabes que no tengo problema en darte lo que necesites.


Estalló. En su mente no solo lo estrangulaba sino que también lo descuartizaba y lo dejaba esparcido trozo a trozo por todo Nevesmortas.

- ¡¡Que los nueve infiernos se te lleven!! Ya buscaré yo sola a Maxam – se dio la vuelta y solo se detuvo ante el grito del elfo rubio.

- ¿Qué? ¡¡¡Pero si está muerto!!! Bueno… ya le llevaré flores más tarde y se le pasará… - Aluriel escuchó el bufido de Connor y se acercó de nuevo al bardo haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad.

- Damián…

- ¿si cielo?

- ¿Podemos hablar en privado?

- Mmmmm… claro – sonrió cautivador pero no funcionaría con ella… por muy guapo que el condenado fuese.


Se alejaron hacia el norte y se ocultaron entre unos árboles, allí nadie les interrumpiría y Aluriel por fin podría tratar con él con tranquilidad.

- Espero que no le debas dinero a Maxam.

- Dime, ¿de qué le conoces?

- Oh, era un arpista – ella entrecerró los ojos, los rumores eran muchos sobre aquel elfo engreído, quizá esa noche encontrase más respuestas de las que buscaba.

- Ajá… ¿y?

- Pues que murió.

- Lo sé, lo mató un Baalor – Damián alzó una ceja mirándola.

- Em… no… no es eso lo que dicen mis libros.

- Pues eso es lo que yo ví – Alzó ahora la otra ceja.

- ¿Qué? – Aluriel desató el estoque y lo mostró al elfo.

- Hace unas noches este estoque apareció en la sede, con una carta que únicamente rezaba mi nombre.

- Ah… bonito regalo.

- Si, mas no sé quién lo manda.

- Pues alguien que quiera que lo tengas.

- Obviamente… pero ¿por qué? En Argluna me dijeron que tú fuiste poco tiempo antes con uno igual.

- ¿Yo? Que va mujer…

- Dijeron que era un elfo rubio, vestido de rojo y con mucha labia – la elfa cayó entonces en la mano artificial del bardo… quizá hubiese sido un buen detalle a tener en cuenta a la hora de preguntar por él, pero lo cierto era que nunca recordaba que el elfo había perdido una mano tiempo atrás.

- ¿Y? ¡¡¡El rojo está de moda!!! Hay mucha gente que viste así.

- Bien… entonces preguntaré a otro sobre el Castillo Puerta del Infierno – por primera vez él palideció.

- ¿Qué? Ese… ese castillo fue destruido por los arpistas hace más de cincuenta años… - Aluriel asintió, consciente de ello, despegó los labios para contestar y por alguna razón algo muy distinto salió de su boca.

- De un pasado cercano… de un exilio olvidado… ella volverá… - si era posible que Damián palideciese más, ese fue el momento.

- Tormenta…

- ¿Eh?

- No… nada nada… - la elfa le tomó del brazo con cuidado y le miró sincera.

- Por favor Damián, no me mientas. En esto no… - el elfo suspiró.

- Esta bien… fui yo quien te dio el estoque… lo siento. Pero tenía que intentarlo, era la única manera de que el encantamiento se rompiese.

- ¿Encantamiento? ¿Qué encantamiento?

- Pues yo que sé… el que tendrá el estoque digo… - miró hacia otro lado.

- Damián… - Aluriel suspiró – Está bien. Escucha.


La Guardiana comenzó a relatarle al Trovador su “viaje” a aquel castillo, explicándole cada detalle que recordaba, cada frase, cada movimiento, cada destello extraño. Damián no interrumpió ni una sola vez, casi ni parpadeaba ante lo que la joven arquera le estaba explicando. Para él, nada tenía sentido.

Cuando Aluriel terminó, Damián tomó aire. Esta vez fue él quien habló largo y tendido.

- Existe una leyenda… se cuenta que Maxam creó, con el cabello de una Fey’ri y la sangre de su amada, un estoque mágico que atrapara su amor. Es por eso que dicen que solo una mujer de sangre elfica y corazón puro puede blandir el arma, solo con ella el encantamiento se romperá.

- ¿Qué encantamiento?

- El que impide que el estoque muestre su verdadero poder. Tormenta Manoargentea era la amante de Maxam…

- Si… pude deducirlo por cómo se hablaban pero… el Baalor acabó con ambos.

- No… Tormenta sigue viva… pero no sé dónde está.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque estuve con ella en el castillo cuando fue destruido por los arpistas.

- Ya veo… ¿debo deducir entonces que los rumores son ciertos? – Damián no respondió a eso, se limitó a mirar hacia otro lado. Sabía perfectamente a qué se refería la elfa.

- Aluriel, ese estoque es peligroso, no deberías quedártelo. Siento habértelo dado pero llevo tanto tiempo buscando respuestas que fue la única salida que vi…

- ¿Peligroso?

- Te llevó cincuenta años atrás…

- Si pero… también me trajo de vuelta… tú me lo diste porque buscabas respuestas, quizá sea esto lo que andabas buscando.

- ¿En qué piensas?

- ¿Dónde estaba ese castillo?

- En Bosque alto… al sur… pero nadi se acerca allí a varias millas a la redonda.

- ¿Por qué?

- Porque aún siguen apareciendo criaturas demoníacas.

- Pero quizá allí haya respuestas. Si encontrase el lugar dónde el Baalor nos atacó.

- ¡No Aluriel! Por favor, no pienso permitir que te suceda algo por mi culpa.

- ¡Venga ya! – la elfa rió – Si en el fondo estás deseando que vaya y que tenga razón y pase algo.

- No tengo ningún deseo de que mueras estúpidamente Aluriel…

- No voy a morir, solo investigar.

- Te digo que no, ¡olvídalo! ¡Ese estoque está mejor enterrado!


La discusión fue corta aunque intensa, Aluriel al final accedió en no buscar el castillo, pero hubo un brillo en los ojos de Damián que reflejó su disgusto ante aquella “victoria”.

Largas horas habían estado ambos hablando, tantas que a la elfa no le sorprendió ver la figura de Connor aparecer a lo lejos, con el ceño fruncido y mirada de pocos amigos.

Damián alzó ambas manos y gritó teatral.

- ¡No la he tocado! ¡Lo juro! ¡Fue ella quién me besó! – la joven arcana puso los ojos en blanco, al fin y al cabo, Damián tenía un papel que representar.

- Tienes suerte de que confíe en ella – el herrero sonó siniestro.

- Bueno bueno, no digo que el beso no me gustara…

- Damián, ¿no tenías cosas que hacer?

- ¿Eh? Aaaaah, siiiiii, claaaaaaro – le guiñó un ojo a la elfa y ella suspiró – Claro claro, voy a hacer esas cosas que tu sabes en ese sitio y a esa hora – volvió a guiñarle el ojo.


La joven guardiana meneó la cabeza y se alejó del elfo tirando de Connor, intentando así que el herrero sacase a relucir su guadaña, rebanando algún pescuezo arpista.


Caminaron juntos hacia las habitaciones de la Flecha del Destino mientras Aluriel le relataba todo lo hablado con el Trovador. Connor se mostró preocupado en todo momento, seguía sin gustarle un ápice todo aquello.



Las horas fueron pasando y Aluriel fue incapaz de sacar de la cabeza todas y cada una de las palabras de Damián. ¿Un estoque hecho por amor? ¿Un encantamiento de poder? ¿Viajes en el tiempo? Si el mejor de los arcanos podría conseguir algo así…


El pelo de Connor se enredaba en sus dedos mientras le acariciaba y escuchaba su respiración pausada. Sentirle dormir era un placer inexplicable, nunca comprendería cómo podían perder la conciencia de esa forma.

Miró al techo y suspiró largamente, dibujando líneas inexistentes en el aire, trazando el camino en el bosque, la grieta en aquella pared, cualquier detalle que recordase para volver a llegar y saber a ciencia cierta que era el lugar indicado. Y entre tanto trazado, entre aquel mapa mental que estaba construyendo, una frase salió sola de sus labios. Una frase que nunca había escuchado pero que ahora no dejaba de golpear su mente.


- De un pasado cercano… de un exilio olvidado… ella volverá…

viernes, 30 de julio de 2010

II. La Quimera



LA QUIMERA


Quimeras, no más que ilusiones creadas por alguien, al igual que los sueños. No obstante, esa fue tan real…

Ambas estábamos frente a su tumba, la tumba de esa fémina fallecida por a saber qué acontecimientos; pero la conversación se convirtió en banalidades sin sentido cuando a nuestro alrededor zumbaron aquellas luces de colores y junto a ellas nuestros cuerpos se elevaron para zambullirse en una extraña oscuridad. ¿Provenían de ese extraño estoque?

Se dice que los sueños te pueden trasportar a lugares inimaginables; pero de ahí a encontrarnos encerradas en las celdas del Castillo Puerta de Infierno, destruido hacia más de cincuenta años sin haber conocido tal lugar, eso sí era sumamente extraño.

Ambas gritamos nuestros nombres, intentando averiguar dónde estaba la otra, si estaba bien o si estaba en peligro. Llegamos a la conclusión de que sólo estábamos recluidas en a saber qué lugar. Nuestras armas seguían en sus respectivos lugares, las danzarinas luces seguían alrededor de nosotras sin dejar de iluminarnos y tras las rejas seres demoníacos nos esperaban.

No comprendía que ocurría, tras las verjas se veía batallar a una pareja humana, el varón portaba una armadura de cuero marrón; mientras que la fémina portaba una armadura azulada que no me hacían recordar a ninguna de las conocidas. Pronto se acercaron y nos salvaron de esas jaulas, por orden de esa mujer. El varón se había presentado como Maxam, cuando la Guardiana preguntó por quienes eran; y la fémina de blanquecinos cabellos se limitó a forzar a golpes mis rejas para dejarme salir.

Por supuesto que era extraño, habíamos llegado a un lugar desconocido, rodeadas por esas luces extrañas y no dejaban de aparecer criaturas extrañas intentando acabar con la vida de los cuatro.

- Salgamos de aquí antes de que el Baalor nos alcance. - había dicho la humana.

Baalor, criatura proveniente de los mismísimos infiernos… empezaba a comprender el nombre de ese lugar…

Las flechas silbaban hasta quedar silenciadas por el golpe en su objetivo, los filos sangraban al hacer perecer a los atacantes; pero Aluriel y yo seguíamos sin comprender. Esos dos humanos seguían sin ver esas extrañas luces que nos rodeaban y que la Guardiana intentaba deshacer en vano. Nos habíamos percatado de que ellos no tenían tal magia rodeándolos, ¿era un conjuro ilusorio?

Anduvimos por os pasillos de ese castillo, buscando la salida, enfrentándonos son éxito a toda criatura que nos atacara, fuese espectros extraños, súcubos, arañas… u osgos.

¿Quiénes sois? Esa pregunta se formuló varias veces, tanto por la Guardiana como por mí, y la única respuesta que hallamos es la de una fémina humana silenciosa. Quizás deberíamos saber quien era… pero a mi mente no vino ninguna respuesta.
Aluriel habló por fin tras abatir a otro infernal. Debíamos proseguir, hallar una salida. La entrada principal no parecía que fuera a ceder a los intentos de apertura y los infernales no hacían más que atacarnos.

La fémina de plateados cabellos había comentado algo sobre unas salidas en los muros de la fortaleza, hechos con anterioridad por los gnomos. Dudaba que esas salidas hubieran sido cerradas en tan poco tiempo. Pero el tiempo era relativo… gnomos, castillos infernales, luces rodeándonos, ¿qué estaba ocurriendo?

La Guardiana había encontrado una de esas salidas cuando ambos humanos volvían corriendo gritando “Atrás”, un infernal de gran tamaño les perseguía pero es que eso no se acababa nunca… combatimos como mejor pudimos para acabar con ese vil ser hasta que éste cayó muerto a nuestros pies.

Debíamos apurarnos, corrimos hasta esa salida para aparecer en un extraño bosque que no reconocía. ¿Dónde diablos estábamos? Aluriel incendió varios de los enemigos que nos rodeaban; yo reclamé a los relámpagos que nos ayudaran acabando así con sus vidas. Pero algo extraño sucedía, un temblor sacudió nuestros cuerpos, los humanos acababan de salir de agujero cuando gritaron “Corred!”

Tal vez debimos hacerles caso pero no lo hicimos, ambas elfas mantuvimos las posiciones hasta que esa criatura nos alcanzó. Un ser gigantesco con alas en llamas, cuyos ojos rojos no hacían más que desear correr. “Moriréis”, dijo… y el vértice que nos rodeó hizo que la oscuridad volviera a reinar en mí.

******

Cuando volví a abrir los ojos la tumba volvía a estar a nuestro lado, las luces habían desaparecido y ambas nos encontrábamos tendidas sobre la hierba. ¿Había sido sólo un sueño?

Aluriel mi miraba alterada; yo estaba confusa, extraña, lo único que podía ver al cerrar mis ojos eran los rojizos ojos de ese ser escrutándome con ansias de muerte. Todo había sido demasiado real y hubiera jurado que ese ser había acabado con mi propia vida…

- Rael, el nombre de ese castillo… Puerta de Infierno, pereció hace más de cincuenta años. – la rubia elfa miraba el estoque del que habían salido esas chispas.
- No me gusta ese estoque, no deberías llevarlo contigo… - contesté dubitativa. - ¿Te había ocurrido antes algo como esto?

La Guardiana se limitó a negar en silencio, aun mirando ese estoque.

Según me había comentado con anterioridad ese estoque había aparecido sin más en la sede con una nota a su nombre. Habían viajado hasta Argluna, por alguna razón, y el herrero le había dado indicaciones sobre el elfo Astarte. Damián, el elfo que había dejado la compañía hacia ya meses… ¿qué deseaba ese elfo de Aluriel?

Le recomendé no llevar consigo el estoque pero esa decisión no era más que de ella misma. Por ahora, sólo debía encontrar a ese bardo y hallar respuestas a ese inexplicable sueño.

Pronto partirían a Sundabar en su busca.


//By Rael ^_^

Seguiremos soñando

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