sábado, 31 de julio de 2010

III. Los arpistas




ARPISTAS


“De un pasado cercano… de un exilio olvidado… ella volverá…”



La multitud que aquella noche se reunía al norte de Nevesmortas empezaba a ser común en las últimas dekhanas. Aluriel ya no entendía qué clase de aventureros regentaban el reino últimamente, demasiado alocados o demasiado infantiles. Poco le importaban ya las gentes de la villa, su mente y su corazón solo estaban ocupados por la Flecha del Destino, único lugar en el que podía sentirse a gusto y al que podía llamar hogar.


Observó sin mucho interés a los presentes. Syra con su memoria perdida, Devoto ocultando sus sentimientos de forma poco convincente intentando hacerla recordar, Nela lloriqueando tras la hoguera mientras Jacob intentaba arrancarle una sonrisa, un tal Arfrid amenazando con quitarse la vida mientras algunos intentaban impedirlo… mirase donde mirase no veía ninguna situación que le produjese el deseo de participar. Ella solo estaba allí por Connor.


Muchos eran los que murmuraban que el aura del maestro de estoques la había absorbido. Quizá tuvieran razón, pero a ella poco le importaba lo que los demás pensasen.


La lluvia cobró fuerza y los rayos les acorralaron. Quizá Talos también se había cansado de las tonterías. Con suerte alguno caería sobre ellos y Aluriel podría dejar de escuchar alguna conversación estúpida.

- Vayamos a la sede – le susurró Connor mientras giraba sobre él mismo dispuesto a irse. Cuando la elfa hizo lo propio sus ojos se clavaron durante un segundo en el gnomo arcano recién llegado, silencioso e inadvertido por todos, algo muy poco común en él.


Recordó en ese momento su enfado, su discusión y su rechazo, después de tanto tiempo, por su preciado Tuii.



“El cartel que había colgado en el tablón de la ciudad se movía con lentitud impulsado por la suave brisa. Sobre la firma perfectamente trazada de la hermosa elfa, dos líneas habían sido escritas. Un mensaje sencillo y disimulado que tan solo captaría la atención del remite… pero no, el gnomo tenía que hacer de las suyas.


*Al caballero Damián Astarte: si diera la casualidad de que visita la villa, sabed que necesito reunirme con vos*

*…un estoque precioso, por cierto!! Fiuuu!!! Debió costarte un fortunón!! ^_^*


Varios mensajes más en el tablón hicieron falta para conseguir que el gnomo dejase de hacer de las suyas. El resultado fue un disgusto importante por parte de la Guardiana, cansada ya de las sandeces del gnomo, de su manía de meter las narices en todo y sobretodo, sobretodo, de la extremada falta de discreción de la que era capaz.


Con lo listo que era para algunas cosas… y lo rematadamente idiota que podía resultar en otras.


Esto había sido la gota que colmaba el vaso, se había cansado. Le adoraba por encima de todas las cosas y sabía que iba a costarle, pero necesitaba saber si podía darle una lección. Recordó la forma en la que el elfo pelirrojo más le había dañado, recordó el vacío y la decepción en su voz queda y en la evidencia de borrar su nombre del recuerdo. De modo que hizo lo mismo. No volvió a pronunciar el nombre del gnomo desde ese instante.”



Y al verle allí, tan calladito y serio, supo de alguna forma, que estaba funcionando.


Connor la empujó sutilmente y se puso tras ella. Aluriel se giró y observó con indiferencia la figura de Syra apuntándola. Fue rápido, la elfa descolgó su arco y el brillo de los arqueros arcanos se reflejó en sus ojos negros, que miraron a la humana con frialdad y decisión. Muchos fueron los que se pusieron en medio intentando disuadirla mientras gritaba al viento frases que, sin duda, reflejaban que su conciencia vagaba perdida. Esa tal “Dama Oscura” la poseía.


Situaciones caóticas a las que la Guardiana poca atención prestó, su brazo solo se relajó cuando Syra desapareció de su vista. No le importó mucho lo sucedido después… Devoto cayó al suelo, Syra volvió en sí… algún “te quiero” susurrado entre ellos… Todo perdió importancia cuando las puertas de la villa se abrieron y el destello rojizo inundó la escena.


- Astarte…


Tras escucharle decir demasiadas estupideces, y preguntarse cómo Claire podía soportarle cada día, se acercó a llamar su atención…


……….


….. algo de lo que se arrepintió casi al instante…


- ¡¡¡Hola cielo!!! ¿Por fin has decidido salir conmigo? – todo el cuerpo de Aluriel se tensó y luchó con todas sus fuerzas por eliminar la gratificante imagen de ella estrangulando al elfo.

- Astarte, necesito hablar con vos.

- Claro cariño, dame un segundo que averigüe qué sucede por aquí.

- Astarte… es importante – el elfo la miró y sonrió con esa picardía con la que tanto le gustaba provocar.

- Vaya… ¿por fin te has decidido? ¿Te casarás conmigo entonces? – se arrodilló frente a ella – Dime, ¿Querrás hacerme el hombre más faliz?


Aluriel pudo sentir la ira contenida de Connor, sus ojos clavados en el elfo mientras, posiblemente, afilaba la guadaña en su mente. Ella se limitó a descolgar el preciado estoque y colocarlo frente al rostro del bardo.

- ¿Uh? Bueno, bueno, con un “no” hubiese bastado.

- Astarte… tenemos que hablar.

- Claro mi vida, ¿cuánto dinero necesitas? – abrió una bolsita con oro – Ya sabes que no tengo problema en darte lo que necesites.


Estalló. En su mente no solo lo estrangulaba sino que también lo descuartizaba y lo dejaba esparcido trozo a trozo por todo Nevesmortas.

- ¡¡Que los nueve infiernos se te lleven!! Ya buscaré yo sola a Maxam – se dio la vuelta y solo se detuvo ante el grito del elfo rubio.

- ¿Qué? ¡¡¡Pero si está muerto!!! Bueno… ya le llevaré flores más tarde y se le pasará… - Aluriel escuchó el bufido de Connor y se acercó de nuevo al bardo haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad.

- Damián…

- ¿si cielo?

- ¿Podemos hablar en privado?

- Mmmmm… claro – sonrió cautivador pero no funcionaría con ella… por muy guapo que el condenado fuese.


Se alejaron hacia el norte y se ocultaron entre unos árboles, allí nadie les interrumpiría y Aluriel por fin podría tratar con él con tranquilidad.

- Espero que no le debas dinero a Maxam.

- Dime, ¿de qué le conoces?

- Oh, era un arpista – ella entrecerró los ojos, los rumores eran muchos sobre aquel elfo engreído, quizá esa noche encontrase más respuestas de las que buscaba.

- Ajá… ¿y?

- Pues que murió.

- Lo sé, lo mató un Baalor – Damián alzó una ceja mirándola.

- Em… no… no es eso lo que dicen mis libros.

- Pues eso es lo que yo ví – Alzó ahora la otra ceja.

- ¿Qué? – Aluriel desató el estoque y lo mostró al elfo.

- Hace unas noches este estoque apareció en la sede, con una carta que únicamente rezaba mi nombre.

- Ah… bonito regalo.

- Si, mas no sé quién lo manda.

- Pues alguien que quiera que lo tengas.

- Obviamente… pero ¿por qué? En Argluna me dijeron que tú fuiste poco tiempo antes con uno igual.

- ¿Yo? Que va mujer…

- Dijeron que era un elfo rubio, vestido de rojo y con mucha labia – la elfa cayó entonces en la mano artificial del bardo… quizá hubiese sido un buen detalle a tener en cuenta a la hora de preguntar por él, pero lo cierto era que nunca recordaba que el elfo había perdido una mano tiempo atrás.

- ¿Y? ¡¡¡El rojo está de moda!!! Hay mucha gente que viste así.

- Bien… entonces preguntaré a otro sobre el Castillo Puerta del Infierno – por primera vez él palideció.

- ¿Qué? Ese… ese castillo fue destruido por los arpistas hace más de cincuenta años… - Aluriel asintió, consciente de ello, despegó los labios para contestar y por alguna razón algo muy distinto salió de su boca.

- De un pasado cercano… de un exilio olvidado… ella volverá… - si era posible que Damián palideciese más, ese fue el momento.

- Tormenta…

- ¿Eh?

- No… nada nada… - la elfa le tomó del brazo con cuidado y le miró sincera.

- Por favor Damián, no me mientas. En esto no… - el elfo suspiró.

- Esta bien… fui yo quien te dio el estoque… lo siento. Pero tenía que intentarlo, era la única manera de que el encantamiento se rompiese.

- ¿Encantamiento? ¿Qué encantamiento?

- Pues yo que sé… el que tendrá el estoque digo… - miró hacia otro lado.

- Damián… - Aluriel suspiró – Está bien. Escucha.


La Guardiana comenzó a relatarle al Trovador su “viaje” a aquel castillo, explicándole cada detalle que recordaba, cada frase, cada movimiento, cada destello extraño. Damián no interrumpió ni una sola vez, casi ni parpadeaba ante lo que la joven arquera le estaba explicando. Para él, nada tenía sentido.

Cuando Aluriel terminó, Damián tomó aire. Esta vez fue él quien habló largo y tendido.

- Existe una leyenda… se cuenta que Maxam creó, con el cabello de una Fey’ri y la sangre de su amada, un estoque mágico que atrapara su amor. Es por eso que dicen que solo una mujer de sangre elfica y corazón puro puede blandir el arma, solo con ella el encantamiento se romperá.

- ¿Qué encantamiento?

- El que impide que el estoque muestre su verdadero poder. Tormenta Manoargentea era la amante de Maxam…

- Si… pude deducirlo por cómo se hablaban pero… el Baalor acabó con ambos.

- No… Tormenta sigue viva… pero no sé dónde está.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque estuve con ella en el castillo cuando fue destruido por los arpistas.

- Ya veo… ¿debo deducir entonces que los rumores son ciertos? – Damián no respondió a eso, se limitó a mirar hacia otro lado. Sabía perfectamente a qué se refería la elfa.

- Aluriel, ese estoque es peligroso, no deberías quedártelo. Siento habértelo dado pero llevo tanto tiempo buscando respuestas que fue la única salida que vi…

- ¿Peligroso?

- Te llevó cincuenta años atrás…

- Si pero… también me trajo de vuelta… tú me lo diste porque buscabas respuestas, quizá sea esto lo que andabas buscando.

- ¿En qué piensas?

- ¿Dónde estaba ese castillo?

- En Bosque alto… al sur… pero nadi se acerca allí a varias millas a la redonda.

- ¿Por qué?

- Porque aún siguen apareciendo criaturas demoníacas.

- Pero quizá allí haya respuestas. Si encontrase el lugar dónde el Baalor nos atacó.

- ¡No Aluriel! Por favor, no pienso permitir que te suceda algo por mi culpa.

- ¡Venga ya! – la elfa rió – Si en el fondo estás deseando que vaya y que tenga razón y pase algo.

- No tengo ningún deseo de que mueras estúpidamente Aluriel…

- No voy a morir, solo investigar.

- Te digo que no, ¡olvídalo! ¡Ese estoque está mejor enterrado!


La discusión fue corta aunque intensa, Aluriel al final accedió en no buscar el castillo, pero hubo un brillo en los ojos de Damián que reflejó su disgusto ante aquella “victoria”.

Largas horas habían estado ambos hablando, tantas que a la elfa no le sorprendió ver la figura de Connor aparecer a lo lejos, con el ceño fruncido y mirada de pocos amigos.

Damián alzó ambas manos y gritó teatral.

- ¡No la he tocado! ¡Lo juro! ¡Fue ella quién me besó! – la joven arcana puso los ojos en blanco, al fin y al cabo, Damián tenía un papel que representar.

- Tienes suerte de que confíe en ella – el herrero sonó siniestro.

- Bueno bueno, no digo que el beso no me gustara…

- Damián, ¿no tenías cosas que hacer?

- ¿Eh? Aaaaah, siiiiii, claaaaaaro – le guiñó un ojo a la elfa y ella suspiró – Claro claro, voy a hacer esas cosas que tu sabes en ese sitio y a esa hora – volvió a guiñarle el ojo.


La joven guardiana meneó la cabeza y se alejó del elfo tirando de Connor, intentando así que el herrero sacase a relucir su guadaña, rebanando algún pescuezo arpista.


Caminaron juntos hacia las habitaciones de la Flecha del Destino mientras Aluriel le relataba todo lo hablado con el Trovador. Connor se mostró preocupado en todo momento, seguía sin gustarle un ápice todo aquello.



Las horas fueron pasando y Aluriel fue incapaz de sacar de la cabeza todas y cada una de las palabras de Damián. ¿Un estoque hecho por amor? ¿Un encantamiento de poder? ¿Viajes en el tiempo? Si el mejor de los arcanos podría conseguir algo así…


El pelo de Connor se enredaba en sus dedos mientras le acariciaba y escuchaba su respiración pausada. Sentirle dormir era un placer inexplicable, nunca comprendería cómo podían perder la conciencia de esa forma.

Miró al techo y suspiró largamente, dibujando líneas inexistentes en el aire, trazando el camino en el bosque, la grieta en aquella pared, cualquier detalle que recordase para volver a llegar y saber a ciencia cierta que era el lugar indicado. Y entre tanto trazado, entre aquel mapa mental que estaba construyendo, una frase salió sola de sus labios. Una frase que nunca había escuchado pero que ahora no dejaba de golpear su mente.


- De un pasado cercano… de un exilio olvidado… ella volverá…

No hay comentarios:

Seguiremos soñando

Seguiremos soñando

Índice