miércoles, 27 de octubre de 2010

I. Pupilo

Sangre.

Incluso me costaba enfocar la vista por el líquido rojo carmesí que impregnaba casi todo mi cuerpo. Mis ropas se habían oscurecido, mi pelo se pegaba a la piel mientras finas hileras chorreaban por mis mejillas, barbilla, hombros y espalda. Limpiarlo de la cara solo era una forma de marcharme aún más… aquello era una carnicería en toda regla.

Busqué a mis camaradas con la mirada, pero eran tantos… tantos los rostros enfurecidos, tantas las batallas particulares que se estaban librando, tantos los miembros amputados que salían despedidos… que poco pude diferenciar.

Intenté hacer honor a mi famoso oído… pero las explosiones arcanas casi me habían dejado sordo… era, de pies a cabeza, un completo inútil. Mi arco había sido vaporizado, tan solo habían quedado las cenizas esparcidas por la hierba que el viento no tardaría en llevarse. En ese momento había recordado las palabras de mi maestro, cuando me dijo que debía llevar siempre algún arma de mano… por si acaso.

Yo, joven e ignorante, nunca le hice caso…

Caminé agazapado entre la maleza, intentando no ser visto. Tuve que pasar por encima de varios cuerpos, e incluso hacerme el muerto en un par de ocasiones evitando así que un grupo de bárbaros me diera caza. Al fin y al cabo, por mucho que perteneciera a ese ejército, por muy arquero de élite que me consideraran, no dejaba de ser un elfo joven y enclenque.

Hubo un brillo a pocos metros frente a mí, entre la maleza. Me acerqué cual felino, fundiéndome entre los árboles y los matorrales, esquivando a algunos enemigos o distrayendo a otros para que sus adversarios, es decir, mis camaradas, les dieran muerte. Alcancé aquella luz resplandeciente que se consumía según iba acercándome, y mi corazón se detuvo.

Ycanese Cavilwe, preciado arco, arma única, legado de arqueros arcanos durante quién sabe cuántas generaciones, yacía en el suelo junto al cuerpo inerte de mi maestro. Aquel semielfo que me lo había enseñado todo durante los últimos cincuenta años miraba sin ver al cielo, con una herida en su pecho tan grande y profunda que seguramente mi cabeza hubiese cabido en ella… La sangre rodeaba su cuerpo y dibujaba un cerco alrededor de Ycanese Cavilwe, impoluto como siempre, como si aquella muerte no fuera con él.

Recordé cuando, años atrás, había intentado usarlo. A simple vista tan solo era un trozo curvo de madera, sin cuerda tensada ni lugar donde posar una flecha. Una rama fina y perfecta, tallada quién sabe por qué manos y en qué tiempo, que solo respondía a un portador.

Claro que yo en aquellos tiempo ignoraba ese detalle, y la noche que tomé el arco “prestado” no sirvieron de nada los salmos que intenté recitar, las palabras mágicas que creí necesarias o la determinación absoluta que puse en que funcionase. Aquel arco siguió siendo una rama inútil.

Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando mi maestro lo tomó entre sus manos, de entre sus extremos surgió una luz blanquecina que formó una cuerda perfecta, donde sin descanso, él tensó una y otra flecha, haciendo disparos tan certeros y potentes que incluso los más veteranos en las filas quedaban boquiabiertos.

Yo siempre me sentí orgulloso de ser su pupilo.

Recordé también sus palabras, aquella noche de luna llena cuando junto al fuego me explicó el lazo de sangre que se creaba con aquel arma, cuando me explicó que mientras él respirase, mientras su alma siguiese aferrada a esta tierra, Ycanese Cavilwe no respondería a nadie más.

“No lo olvides, Dharion, el día que el arco deje de vibrar en mis manos, será porque mis días han llegado a su fin. Quizá no sea inmediato, quizá pasen unas dekhanas, pero moriré. Ycanese Cavilwe lo sabrá y esa será su señal de que debo legarlo a otro arquero arcano… a mi pupilo… a ti”

El grito amenazador me hizo volver en mí, me di la vuelta y esquivé por muy poco a un humano enloquecido que me sacaba cuatro cabezas, hacha en mano con los ojos desorbitados, sediento de mi sangre. El ruido de la batalla había aminorado, eso sólo podía significar que uno de los bandos había ganado. Nosotros o ellos, eso poco importaba, mi vida dependía de mis reflejos y mis sentidos, anulados en una batalla en la que creí no sobrevivir.

Rodé por el suelo varias veces, impotente e inútil ante aquel hombre que me asestaba uno y otro golpe sin vacilar, sin pestañear y casi sin respirar. Mi cuerpo delgado y mi destreza exquisita me ayudaron a esquivar todos sus golpes, lo cual lo enfurecía más.

Allí estaba, solo frente a aquel bárbaro, cuya única intención era acabar con mi vida. Miré de nuevo el cuerpo sin vida de mi maestro y mis ojos se clavaron solos en aquella rama inmóvil, desapercibida por cualquier ojo que no supiera de su existencia. No dudé, esa vez no. Era mi única salida, la única oportunidad que tenía.

Me lancé en un salto casi imposible, dejando sorprendido a mi atacante, caí con las manos por delante, sobre el arco, haciendo rodar mi cuerpo en una voltereta teatral. Clavé una rodilla en el suelo, alcé aquella rama firme frente a mí y saqué del carcaj, en un rápido movimiento, la flecha negra que mi maestro me había concedido años atrás.

El cielo se iluminó y la cuerda brillante fue como un rayo enviado por el mismísimo Talos. La sujeté entre los dedos mientras tensaba a la mismísima muerte y disparé.

Aquel humano solo pudo concederme una expresión de sorpresa antes de que su cuerpo cayese desplomado, con mi preciada flecha negra clavada en el corazón.

Ahora era mío, ahora estábamos ligados.

Ycanese Cavilwe, último legado.

No hay comentarios:

Seguiremos soñando

Seguiremos soñando

Índice